jueves, 12 de octubre de 2017

La fantástica música que inspiró "El caballero de los deseos fugaces" de R. Crespo

¡Hola a todos y todas! Después de un tiempo he vuelto al blog, y hoy os traigo una entrada muy especial. Mi querida amiga Rocío Crespo y compañera de Wattpad ha autopublicado su nuevo libro en Amazon, “El caballero de los deseos fugaces”, la primera entrega de la serie “Seres fugaces”. Esta novela romántica salió a la luz el pasado 29 de septiembre después de un tiempo en Wattpad, donde se convirtió en una de las más famosas de la autora sevillana.

Cuando mi tocaya Ro me dijo de participar en esta serie de entradas para dar a conocer la novela, me pareció una idea fantástica, y más aún cuando el tema que pude elegir fue “La música que inspiró esta novela”. Yo soy una persona que desde hace años suele escribir con música de fondo, para pode imaginar mejor las escenas, canalizar los sentimientos y ponerme en la situación de los personajes que están viviendo en dicho libro. Rocío me facilitó una serie de canciones e instrumentales que le ayudaron a completar el manuscrito, y si os digo la verdad… ¡ME ENCANTARON!



En primer lugar encontramos una canción que forma parte del soundstrack de la película Amélie, la película francesa de principios del 2000 con la que se dio a conocer la actriz Audrey Tautou. El sonido del piano que se funde lentamente en el oído produciendo que algunos pelillos de los brazos se ericen es algo maravilloso. Es una canción curiosa que te anima a seguir escribiendo al igual que yo ahora mismo que la estoy escuchando para continuar la entrada. ¡Preciosa!

Después de Amélie viene algo fuerte. Los instrumentales del compositor Peter Gundry son maravillosos. Su carácter envolvente los hace destacar sobre otros que he escuchado antes. Lo cierto es que voy a guardar para utilizarlos en mis posibles sesiones de escritura porque me encantan. El eco de las voces elficas con estilo gregoriano te hacen cerrar los ojos e imaginar un bosque del tipo “locus amoenus” como diría Garcilaso, donde todo está en paz y tranquilidad. Todo esto también se recoge en el libro, que a pesar de tener un carácter más moderno te hace sentir en paz, como si estuvieses en ese bosque. La selección de palabras de Rocío al contar la historia es la misma que cuando el eco de las voces se adentra en los oídos para producir un escalofrío de satisfacción. Sinceramente Peter Gundry es un genio y Rocío también.

Por último algunas canciones más modernas como “Hurricane Love” de L.A WOMEN, un grupo indie de música alternativa con sonidos que recuerdan a canciones de los noventa. Esas canciones que evocan al sentimiento y la tranquilidad. También el cantautor James Bay que me recuerda gratamente a cantantes tales como Tom Odell, Troye Sivan o Charlie Puth entre otros, con su single “Let it go”. Se trata de una canción preciosa, llena de sentimientos y palabras amenas que invitan a continuar con nuestros sueños y con nuestra vida por mucho daño que nos hayan hecho.

Aquí abajo os dejaré la lista que Ro me envió para que vosotros podáis disfrutar también de esta buena música, que lo cierto es que recuerda a una tarde de domingo en otoño. Una tarde lluviosa y nublada, mientras estás sentado en el sofá, arropado con una manta y con un jersey grisáceo con las mangas anchas cubriéndote la mitad de las manos. El café caliente desprende una estela de humo y disfrutas de tu libro favorito mientras el sonido de la lluvia se mezcla con la música. Si yo pudiese pedir un deseo al Caballero de los deseos fugaces, sin duda sería ese. Poder disfrutar de esas tardes tranquilas y placenteras, varias veces a la semana.

Desde aquí, le deseo a Ro todo el éxito posible con esta nueva apuesta, que me parece preciosa, con una portada que invita al misterio relacionado con el mundo de los deseos, y que también evoca al romanticismo más sensual y bonito. Un besazo Ro, y espero que El Caballero de los deseos fugaces, sea junto con Ritual, tu signo como autora.


Un abrazo a todos los lectores del blog, atentamente, Ro(tine Drifango).

MÚSICA QUE INSPIRÓ EL CABALLERO DE LOS DESEOS FUGACES
Amélie Theme. — Amélie Film Soundstrack
Voices of the Ancient.
The White Witch.
Invocation.
The Forest Queen. — Peter Gundry 
Nature's altar.
The Witch.
Heart of the forest.
Hurricane Love. — L.A. WOMEN
Let it go. — James Bay

miércoles, 9 de agosto de 2017

like nobody else

Todo lo que hice lo hice por ti.

Incluso para lo que no estaba preparado. Me lancé a un precipicio sin remedio ni salvación. Sentí cómo el aire me cortaba la respiración y cómo mi corazón se hacía añicos, pero aún así no me arrepentí. Me refugié en un pensamiento, donde sólo aparecías tú. Fue lo que me dio la suficiente valentía como para afrontar lo que se me venía encima. O mejor dicho, debajo, pues estaba cayendo al vacío.


Pero al final no fue tan caótico como me esperaba. Porque tú estabas allí. Cogiéndome de la mano mientras caíamos. Nos miramos a los ojos y observamos juntos el vacío. Nos reímos a carcajadas y paramos juntos el tiempo. Nos mantuvimos quietos, tomamos aire y lo superamos. Salimos del vacío y caminamos hacia una puesta de sol. Aquellos amaneceres y atardeceres que tanto añorábamos. Los besos que no nos dábamos. Las sonrisas cómplices. Todo volvió a ser como antes.

domingo, 6 de agosto de 2017

Reseña de "Los tres nombres del lobo" de Lola P. Nieva (Tw @lolipicazo)

(Yo tengo la edición verde)
Hace tan solo una semana que terminé un maravilloso libro, el cual me leí en un mes. Diréis, ¿acaso no te gustó y es por eso que decidiste seguir leyendo solo por el hecho de acabarlo? Pues no, no señor/a. Me en-can-tó. La verdad es que soy una persona que lee bastante despacio, pues me gusta leer tranquilamente, fijándome en todas las palabras, su argumento, sacar conclusiones antes de leer lo que va a ocurrir, etcétera.

Este libro es “Los tres nombres del lobo” de la escritora albaceteña Lola P. Nieva. Debo decir que el hecho de que el libro comience en Toledo acrecentó mi interés por leerlo, ya que buscando hace mucho tiempo en “Top libros 2014” estaba posicionado entre los mejores. Y no es para menos, es una maravilla. Sin embargo, no pude comprarlo hasta ahora, y doy las gracias infinitas a Amazon, porque conseguí uno de las 5 últimas unidades *Insertar aquí gesto triunfal*

El libro se centra en la historia de Victoria, una joven toledana que es restauradora de antigüedades. A raíz de encontrar un anillo en su buzón comienza a tener pesadillas, relacionadas con figuras medievales. Tantas son las pesadillas, que decide asistir a un psicólogo que la someterá a una hipnosis para averiguar, si una parte de su vida anterior todavía sigue latente en ella. Así es, el tema de la reencarnación, que últimamente la verdad es que me parece muy muy interesante. En efecto, Victoria tuvo otra vida en el siglo IX. Ella era Leonora de Castro, una joven adinerada andalusí residente en el Toledo del año 800. Y madre mía, vaya descripciones que se marca Lola. Ese Toledo creado por ella es casi más bello que el real.

No quiero desvelar mucho más del argumento, pero Leonora viajará a Sevilla, donde tendrá… digámoslo así, un encuentro con un grupo de vikingos.

En general me ha parecido un libro fantástico, lleno de bonitas palabras y una concepción del amor que no he conseguido encontrar en otras novelas. El amor que siente Leonora por Gunnar no puede ser real, y viceversa. Las descripciones de los paisajes escandinavos, los viajes, todo detallado al milímetro hacen de este, un libro de ensueño. Creo que no puedo dar ninguna mala palabra acerca de esta novela porque me ha encantado. No sé si todavía estoy preparado para leer la segunda, porque no quiero que bajen mis expectativas sobre el libro, aunque según he leído, la crítica es muy buena.

Y bueno ya si os encontráis con ganas podéis seguir a Lola en twitter en @lolipicazo, y en su página web www.entremusas.wordpress.com

Muchos saludos y espero volver con más reseñas, espero que estéis pasando un verano genial :* besos!


viernes, 21 de julio de 2017

Amor y castigo


Cuenta la leyenda que si caminas por los jardines de este castillo puedes sentir lo que ha pasado tras sus muros. La piedra gris ahora agrietada cobija a los fantasmas de los cortesanos que vieron cómo un rey ejecutaba a su hija y al amante de esta. Ella era una princesa de cabellos dorados que ansiaba salir de la jaula de oro en la que vivía. Él, un campesino de ojos verdes que sólo quería amar y ser amado. ¿Por qué debía ser un amor imposible? ¿Por qué un rey no consentía que su hija fuese feliz con la persona a la que amaba? Los amantes fueron juzgados en el salón del trono ante la atenta mirada de toda la corte. “Recibirán un castigo ejemplar” —dijo el monarca—. “Este será la muerte”.

Si acercas tu oreja a la pared del torreón escucharás las lágrimas de la princesa antes de ser ejecutada después de su amante. Pero si te mantienes en silencio unos minutos más, podrás ver incluso cómo no pudo aguantar la soledad y se precipitó desde la ventana de la torre para reunirse con su amado.

sábado, 22 de abril de 2017

Perdido (I)

Jamás en la vida me he encontrado tan perdido como en este preciso instante. No sé qué ha pasado. ¿Qué ha pasado? No hay nadie a mí alrededor para responderme. Simplemente, no sé qué he hecho. Según he abierto los ojos todo me daba vueltas. No estaba en mi cama, tampoco en mi habitación. El lugar donde he estado reposando mis últimas horas de sueño ha sido un frío suelo embarrado, lleno de hojas desechas y malas  hierbas intentando crecer entre las incómodas piedra que, ¡oh Dios mío! , son insoportables.

Intento recordar lo que ha ocurrido, pero no puedo. Todo es muy confuso. Tan solo sé quién soy yo, dónde vivo y en qué trabajo. Bueno, ya son tres cosas… ¿pero cómo coño he llegado aquí? La duda es lo más cruel e incómodo que existe. Dudar, no saber, no poder recordar. Los recuerdos se escapan de mi mente y no puedo recuperarlos. Un momento, ¿a qué huele aquí? Diviso que tengo las manos cubiertas por un líquido rojo y pegajoso. Seguramente me golpearía la cabeza. Otro momento, ¿qué es eso que hay al lado de aquel arbusto? Me incorporo como puedo y me acerco sigilosamente. ¡Oh Dios mío, es una mujer! Es una mujer… y creo que está… ¡Muerta! ¡Santo cielo! ¿Qué he hecho? 

domingo, 27 de noviembre de 2016

Encontrándose a sí misma (Relato único)

Aquel piso en realidad parecía una cuadra. Los vestidos, sujetadores y demás prendas femeninas se amontonaban en el sofá, al igual que las colillas que rebosaban en el cenicero de la mesita de café. Las persianas estaban bajadas la mayor parte del tiempo, y se podía suponer que allí no vivía nadie. Pero no era cierto. Aquel piso céntrico era habitado por una mujer de treinta y pocos años, cabello rojizo con alguna que otra cana en las raíces y de expresión amable y sencilla. Juliet Sparks vivía sola desde hacía al menos… cuatro años. Su última relación había sido un completo fracaso. A escasos meses de comprometerse, ella se cansó y decidió que cada uno siguiese su camino. Lo normal en aquellos casos era que a los pocos días, lo enamorados volviesen a estar juntos, pero aquello no ocurrió. Ella trabajaba como columnista en un periódico local, y dedicaba aquel espacio para liberar toda la tensión acumulada por sus prejuicios. Juliet no se consideraba una mujer fea, simplemente que tenía algunos “kilitos de más” para cómo debía ser una mujer moderna de la actualidad, tenía la nariz respingona y fumaba mucho. Fumaba, y bebía café. Por eso en el momento que entrabas al apartamento la concentración entre el humo del Camel y el contraste con el café colombiano que compraba expresamente del Lidl hacían que pensases que te encontrabas en el bar de abajo. Aparte de esos hábitos mejorables, llevaba bastante tiempo sin hacer deporte, más por pereza que por otra cosa. Por las noches solía echar una hojeada a sus fotos del instituto o la orla de cuando se graduó en la universidad. “Qué tiempos aquellos, en los que mi talla treinta y seis me quedaba divina”—se decía así misma entre suspiros.

Hacía más de diez años que se había licenciado en literaturas comparadas y periodismo, pero se tomó varios años sabáticos intentando escribir novelas románticas para publicarlas. Aquella época pasó, y no terminó ninguno. Los manuscritos cogían polvo en una caja de cartón con empapelado cutre y esperaban ser retomados algún día. Más tarde obtuvo su trabajo en el periódico, pues su madre, Mildred, tenía una prima que era reportera de televisión. Ella había empezado como columnista de ese periódico, y tuvo la caridad de solicitar un puesto para Juliet. Dentro de ese periódico nuestra protagonista conoció a un joven y prometedor contable, Adrián, que tenía más o menos su misma edad y unos músculos de gimnasio. Estuvieron saliendo alrededor de un año, pero de buenas a primeras Juliet “le dio la patada” y se refugió de nuevo en su trabajo. Era insoportable tener que verlo todos los días rondando por allí y coqueteando con las secretarias, pero al final de todo lo ascendieron y no lo volvió a ver.

Aquel día era veintitrés de diciembre y eso significaba que quedaba muy poco para Navidad. Ella había cogido las vacaciones una semana antes, y volvería a incorporarse a mediados de enero. Un momento, ¿veintitrés de diciembre? Qué raro que su madre todavía no la hubiese llamado para preguntarla que quería para la cena de ese año, y si llevaría a alguien. ¡Já! Ojalá pudiese decirle a su madre que tenía un hombre durmiendo en su cama y que muy pronto se comprometerían y le daría nietos, pero eso no era así. No habría ni boda ni niños.  Mildred se empeñaba en juntar a la familia todos los años para la cena de Navidad, y celebraban una fiesta a lo grande. Lo cierto es que la familia de Juliet era bastante adinerada y poseían un chalet con jardines muy grande, cerca de Brighton. ¿Qué manía era esa de invitar a todo el mundo? No solo tendría que soportar ver a sus otros cuatro hermanos, todos casados y con tres hijos cada uno, sino que también vendrían sus cuñadas, aquellas harpías sin escrúpulos que lo único que sabían decir era: “Ay, sí, pues mi Tyler ha dibujado esto en la escuela” “¿Cuándo te vas a casar, Juliet? “No te preocupes, ya te llegará tu momento, esperemos que no sea demasiado tarde” “Sí, muy pronto vamos a tener otro, será una niña, y estamos planteando en llamarla Angelina, como la actriz”. Malditas brujas de tacones de aguja y uñas con manicura francesa, no las tragaba. Con sus hermanos solo hablaba por teléfono, y en ocasiones puntuales, pues tampoco tenían mucho tiempo, ni siquiera para su familia. Dos de ellos trabajaban como empresarios, otro era investigador genético y el último se empleaba como profesor de autoescuela. Aunque al más pequeño (Jacob) se le había ofrecido la posibilidad de trabajar para uno de los empresarios, este había rechazado, pues casi siempre iba en otra onda. Juliet lo apreciaba muchísimo, mucho más que a los otros. La lástima es que Jacob no iría a la cena de Navidad, y por eso Juliet se aburriría de lo lindo.

Aquel veintitrés no hizo mucho, simplemente colocar y limpiar un poco la casa, por si a su madre o alguna de sus pocas amigas se le ocurría aparecer. Su mejor amiga de todas, había trabajado en el mismo periódico que ella como redactora. Se llamaba Charlotte, y era una joven peculiar. Juliet la solía llamar “Cherry”, pues era el apodo que le habían puesto desde niña, y aún se sentía a gusto con él. Cherry era una rubia de metro setenta, treinta años, busto bien formado y con largas piernas; en definitiva, lo contrario a Juliet. Cuando salían de fiesta, era normalmente la que solía ligar y Juliet se tenía que conformar con el amigo feo que traía el otro chico, pero por lo menos aún sabía que atraía a los hombres, bueno a ese tipo de hombres. Cherry ahora había conseguido curro como anunciante para una empresa de cosméticos, pero seguía quedando con Juliet para salir por ahí.

Las premisas de Juliet se cumplieron. Eran las ocho y media de la tarde cuando su teléfono empezó a sonar estridentemente mientas ella disfrutaba de una apacible ducha caliente. Por poco tropezó en los baldosines mientras corría con la espuma del champú cayéndole por la cara hasta la mesita del  teléfono. Lo descolgó y allí encontró su peor pesadilla. Todo empezó con un intercambio de “¿Hola, qué tal estás? Siguiendo con una ronda de “Hace mucho tiempo que no te veo, a ver si te pasas más por casa” y acabó con un “¿Te apetece marisco para cenar, o prefieres algo de pavo relleno?” “Voy a hacer jamón al horno, creo que a los invitados les gustará” “La cena empieza a las nueve y media, no llegues tarde. Si traes a alguien comunícamelo en seguida, y por cierto, no hace falta que traigas nada, pero si quieres puedes comprar algo de vino o de champán, sabes que a papá le gusta mucho. Adiós Juliet, te espero”. La conversación poco intervenida con Mildred duró al menos doce minutos, en la cual solo aparecieron algunos “Sí, mamá” “Estoy bien” por parte de Juliet. Pero no contenta con eso, su madre le dejó un mensaje en el contestador automático: “Ah, se me olvidaba. Ponte guapa, que van a venir los antiguos compañeros de papá con algunos socios de la empresa, lo mismo tienes suerte y encuentras a tu media naranja. Algo de tacón y bolsito a conjunto, ya sabes. ¡Besos!” Definitivamente aquella mujer se había vuelto insoportable. La última condición era ir bien vestida, como si se tratase de una top model. “Maldita sea” —pensó Juliet maldiciendo su suerte—. “Ahora tendré que ir de tiendas, porque no tengo nada que ponerme”. A las nueve y cuarto se presentó en el centro comercial, con la sorpresa de que todas las tiendas estaban cerradas. Maldijo de nuevo su suerte y pensó que podría comprarse el modelito horas antes de la cena.

Y como todo lo bueno se acaba pronto, allí llegó ya, en día de Navidad y con el atuendo sin comprar. Volvió de nuevo al centro comercial donde había estado y revisó más de quince tiendas distintas. Consiguió unos zapatos de tacón mediano, muy bonitos, todo hay que decirlo, y llegó incluso a encontrar un bolso a conjunto, aunque tuvo que pelearse con una mujer con pintas de travesti para obtenerlo. Ya solo faltaba el vestido. Se quedaba sin tiempo. Aún tenía que ducharse, peinarse, vestirse y conducir hasta la casa de sus padres, que no es que estuviese muy cerca. Sí, tendría que atravesar al menos treinta kilómetros de carretera para ir a la cena, a la cual no tenía ningunas ganas de asistir. Pero de repente ocurrió algo extraordinario, delante de un escaparate apareció el vestido ideal. Un vestido ajustado de palabra de honor con tonos dorados y azules que iba perfectamente con el bolso y los zapatos. Parecía que aquel día la suerte le sonreiría un poco a Juliet Sparks. Aunque el vestido se salía un poco de su presupuesto, estuvo dispuesta a darse el capricho solo por el hecho de que lo había encontrado. Lo compró y salió de la tienda más contenta que unas pascuas. Como aún le quedaban cuatro horas para la cena, decidió pasarse por la peluquería para que le diesen un retoque de tinte y peinado. Eso duró una hora, e iba justa de tiempo. Justo antes de salir del centro comercial, viendo que la suerte le había sonreído, dispuso comprar un boleto de lotería con el número “55113” por si todavía conservaba algo de fortuna. El premio era suculento, de al menos siete cifras. Salió del centro comercial y se dirigió hacia su casa. Allí se duchó relajadamente, se vistió y se maquilló. Ni ella misma se creía que tanta sensualidad pudiese encontrarse en su cuerpo. Sonriendo tomó la idea de mandarle un sms a Cherry para que corroborase que iba sexy, y así fue la respuesta. Tomó su abrigo y se montó en el coche dispuesta a llegar a tiempo a la cena de Navidad, por primera vez en más de seis años. Justo durante su trayecto había empezado a nevar y su coche no estaría preparado para atravesar caminos hasta la casa de campo de sus padres. Aparcó en una de las calles más cercanas que pudo encontrar y tomando un paraguas del maletero se puso en camino. Hacía un frío tremendo y entre la nieve y el aire, Juliet estaba congelada. Avanzó como pudo por los callejones hasta que de pronto pasó un coche. Ella pensó que quizás un taxista caritativo la recogería, pero en cambio se trataba de un loco alcoholizado que pasó derrapando al lado de la pobre Juliet y provocó que su vestido se empapase por completo con la nieve derretida que no acababa de cuajar por aquellas calles húmedas. “Maldita sea” —pensó Juliet tiritando de frío. Con el vestido chorreando y las esperanzas acabadas continuó el trayecto hasta dar con un pobre hombre que se acurrucaba en torno a unos cartones y unas mantas. Calentaba una lata de judías en un camping gas minúsculo y a la vez intentaba entrar en calor. El señor de párpados caídos miró a la desamparada Juliet y no tuvo más remedio que preguntarla.

— ¿Por qué una chica tan preciosa está sola en Navidad? ¿A dónde se dirige, señorita?

Pese a la desconfianza de Juliet por los desconocidos decidió responderle con amabilidad.

—Voy a casa de mis padres a una fiesta… aunque realmente preferiría haberme quedado en casa.

—Una fiesta eh… bueno querida no creo llegues muy lejos con ese vestido empapado. Si te apetece puedo compartir unas cuantas judías contigo.

—No se preocupe buen hombre, pero déjeme entregarle algo como muestra de mi agradecimiento, ni siquiera Mussolini debería estar solo en Navidad. Tenga —dijo sacando un billete de cincuenta libras de su bolso—. Para que pueda alojarse, o comprarse algo.

—Gracias jovencita, permíteme a mi darte mi chaqueta y que te sirva de resguardo, o no creo que llegues muy lejos con ese vestido tan corto. Estas niñas de hoy en día con sus trapitos cortos… —dijo el hombre entre algunas risas.

Y así tomando la chaqueta del mendigo generoso, Juliet se despidió de él y continuó con su camino, sin darse cuenta que al darle el dinero el boleto de la lotería se cayó al suelo ocultándose entre la nieve. Al no dar con ningún taxi y estar muy lejos de su coche, decidió realizar el camino a pie. Llegó por fin al chalet, aunque con algo de fiebre por el frío. Sería cosa de las diez y media.

—Pensábamos que ya no vendrías —dijo su madre mientras llevaba algunos aperitivos a la mesa—. Y olvidaste el vino, si es que no puedo encargarte nada, menos mal que compré algo de rosado. ¿Qué son esas pintas? Sube ahora mismo a cambiarte, seguramente tenga un vestido en el armario que te valga. Y baja en seguida, bastante ridículo hemos hecho ya…

Por si no fuera poco tras la regañina de su madre, la colocaron justo entre sus dos tíos, Alfred y Eileen, que actualmente se encontraban en periodo de divorcio y se pasaron la cena regañando por la custodia de su perro y la partición de bienes. Sus sobrinos se habían pasado la velada correteando, gritando y los más pequeños llorando. Obviamente tuvo que soportar los esperados comentarios de sus cuñadas, y algo inesperado, la presentación de su soltería a los socios de sus padres, que insistieron irónicamente en emparejarla con alguno de sus hijos. El vestido que Juliet había tomado de su madre era horroroso, y la zona del cuello la tenía irritada. Tras comerse y degustar algunos canapés se pasó la mayor parte del tiempo pegada a la copa de champán y cantando villancicos pasados de moda. Por último, el clímax de la cena llegó con un hombre de al menos treinta y ocho años con el que acabó enrollándose.

La cena acabó y pudo irse a dormir con una cogorza monumental. Al día siguiente todo le daba vueltas, y tuvo que usar el servicio un par de veces. Se duchó tranquilamente y bajó al saloncito, donde solo quedaba la familia y observaban la tele con atención.

—Ya era hora de que bajases a comer. Ten, te he preparado un poco de sopa —dijo Mildred sonriente.
Mientras comían, llegó el turno de las noticias, y en la televisión comenzó a hablarse del premio de lotería, que se había realizado esa misma mañana.
 La cara de Juliet cambió por completo a comprobar que el número premiado era su número, el “55113”, y que el ganador al cual estaban entrevistando era nada más y nada menos que el mendigo al que Juliet había ayudado la noche anterior. Éste daba las gracias a un ángel pelirrojo que había aparecido entre la nieve, y confirmaba que donaría la mitad del premio a asociaciones contra la mendicidad y la entrega de alimentos. Sin embargo Juliet no empezó a patalear, ni a lloriquear de rabia, se dedicó a sonreír y a pensar que aquel premio estaría mucho mejor en manos de las ONG, que en su bolsillo, pues ella seguramente lo habría gastado en tonterías. Aquel pensamiento no parecía real, pues la sociedad consumista te obligaba a que si tenías dinero debías gastarlo lo antes que pudieses.

—Una semana después—

Juliet continuó con su vida tras el fin de año. Salió de fiesta con Charlotte, la cual encontró a más de un hombre y decidió formalizar una relación seria. Juliet concluyó con dejar su trabajo por un tiempo, y se volcó de lleno para acabar sus novelas románticas, las cuales no tenían ningún final posible, hasta que, una tarde a principios de enero, una persona muy especial se presentaría en su puerta. Un hombre de barba recortada, altura considerable y de apariencia generalmente atractiva se erguía en la entrada de su piso. A ella por poco se le paró el corazón, al comprobar que se trataba del chico de la fiesta de navidad, con el que había tenido una noche que no había podido recordar. Él había conseguido la dirección gracias a Mildred, que se había mostrado muy satisfecha. Ella lo invitó a pasar y tomaron un café muy entretenido, del que saldría una sólida relación. Por fin, estaba lista para terminar su primer libro, al cual tituló “Encontrándose a sí misma”, con el que obtendría un gran reconocimiento. Y es que hay una frase que dice, “si ayudas a una persona, el buen karma te recompensará, sea un día cualquiera, o en la mágica Navidad”.

sábado, 29 de octubre de 2016

Buena nueva! La Séptima Entrevista

Hola queridos amigos del MeLlamanRo! Tengo una buena nueva para vosotros, y es que vais a poder encontrarme en una revista digital! Desde hace una semanna soy colaborador de La Septima Entrevista (http://www.laseptimaentrevistaa.com) en la que he empezado a compartir mis relatos. Muchos quizás los hayáis leído por aquí, pero hasta que haga nuevas creaciones podéis releerlos allí. También subiré allí relatos exclusivos y artículos o críticas. De momento es simplemente para informaros de los proyectos que tengo en mente y que estoy haciendo.
En segundo lugar sigo enredado con Siempre conmigo , novela la cual espero poder ir publicando en Wattpad conforme vaya escribiéndola. También ando con varios relatos e intentando sumarme a la prosa poética de la que tanto habla la gente. No voy a escribir prosa poética por moda, sin embargo voy a intentar hacer algo decente para ir probando géneros nuevos y reinventarme.
Os seguiré informando queridos lectores, un abrazo! :)

lunes, 10 de octubre de 2016

Placer concedido (Relato erótico +18)

Por fin había llegado julio, y así comenzaban sus vacaciones. Un mes entero para pensar en ella misma. Sin restricciones de ningún tipo, ya que durante más de seis meses había estado haciendo una dieta baja en calorías para definir su cuerpo. Había conseguido bajar de setenta y ocho kilos a un peso de sesenta y dos. Para medir un metro setenta, no tenía un exceso de peso, pero las mala alimentación, los chocolates de navidad y el estrés post-producción de los programas habían acabado con ella, refugiándose tristemente en la comida rápida. Las malditas estrías habían abandonado su cuerpo gracias una crema que su amiga Tania le había recomendado de la farmacia.

Y allí estaba, saliendo de los estudios de la televisión para la que trabajaba, una Rebeca nueva. A raíz de su ruptura dos años antes no había querido involucrarse en una relación seria, prefería el sexo fácil que los "folla-amigos" le proporcionaban. Rebeca acababa de cumplir en el mes de abril los treinta y tres. Treinta y tres años de soltería, menos los ocho meses que estuvo saliendo con Alfonso. Alfonso, treinta y ocho años, su jefe y propietario de la empresa de telecomunicaciones líder, un cerdo de campeonato. Durante esos ocho meses de relación todo fue sobre ruedas, citas en el Retiro con paseos en barca a remo, cenas románticas en restaurantes caros, todo lo que una chica pudiese soñar. Alfonso había estado casado en tres ocasiones, con un hijo de cada relación. Después de los ocho meses, Rebeca se lo encontró en la cama con otra y decidió poner punto y final. A pesar de eso, todavía le quedaban tres años de contrato en su empresa, así que, prefirió poner la otra mejilla y continuar trabajando allí.

Dos meses después de ese hecho llegó a la empresa un nuevo presentador de tele-diario, Raúl, un macizo de calendario de bomberos. Treinta y seis años muy bien llevados, barba espesa y recortada con además un aliciente, su manera de encandilar. De las pocas veces que Rebeca había hablado con él se le había caído la baba. Se notaba que había trabajado durante mucho tiempo como periodista, y ahora, había llegado a la cadena para quedarse. He aquí cual era el deseo de Rebeca, acostarse con Raúl. Cuando en julio tomaban vacaciones, celebraban una cena en un restaurante de categoría, y más tarde alquilaban un local para los cócteles y la post-fiesta. Normalmente acababan emborrachándose y llegando tarde a casa en el metro, pero Rebeca tenía un plan mucho mejor. Los últimos días que había estado elaborando un reportaje, Raúl había mostrado en ella un interés superior, algo que no le pasaba con nadie, ni siquiera con su amiga Tania, una modelo de treinta y ocho con tallas noventa-sesenta-noventa que había estudiado informática y tras su carrera como modelo se dedicaría a lo que de verdad le gustaba, los procesos binarios y la programación.

Raúl se le había insinuado, o al menos eso creía ella. Llevaba cerca de tres meses sin tener sexo, la última vez con su vecino de arriba, un yogurín de veinticinco que solía ver sin camiseta cuando tendía la ropa en el patio común. Un día, sus calzoncillos se cayeron al patio cuando Rebeca estaba recogiendo la ropa, y cuando se los subió al tercero, se lo encontró recién duchado, con el pelo mojado y una toalla cubriendo únicamente sus partes más íntimas. Rebeca se lanzó y él no la rechazó. Ella nunca había disfrutado tanto del sexo, ni siquiera con Alfonso. Aquel niño tenía algo natural, que hacía que le temblasen las piernas, pero lamentablemente fue un polvo tonto y dudaba que volviese a repetirse.

Llegó a su casa aproximadamente a las siete de la tarde y se preparó para arreglarse. Se había comprado un vestido rojo oscuro, bastante ceñido y con una abertura hasta la cadera por ambos lados. Los tacones la convertían en una modelo y el maquillaje resaltaba sus pronunciados labios, los cuales mordía con frecuencia. Para la cena asistió a una peluquería para que le hiciesen un peinado elegante. Una coleta larga y alta se ceñía a su coronilla y se juntaba con su espalda descubierta. Terminó de preparar su bolso y salió pitando para el restaurante. Allí estaban todos vestidos de etiqueta, con sus trajes y esmóquines impecables, otras con vestidos largos, e incluso Merche, la secretaria de Alfonso se había maquillado un poco y se había metido en un mono de color azabache. Todos se sentaron, esperando a Raúl, que por primera vez en lo que llevaba trabajando en la cadena llegaba tarde. Pidieron unos entrantes para picar algo y al tiempo que los platos llegaban, Raúl aparecía haciendo una entrada triunfal en el restaurante. Entró con su americana beige, ciñendo completamente sus brazos atléticos, el primer botón de su camisa se había desabrochado con travesura para dejar aparecer un vello espeso sobre su pecho tostado. Unos pantalones azules marino que le llegaban a la altura del zapato quedaban totalmente apretados en su entrepierna, disimulados con la amplia hebilla cuadrada de su cinturón. Rebeca no podía dejar de mirarle el paquete, que a cada paso que daba se movía de un lado para otro. Un calor insoportable se colocó en su garganta y bajó por su esófago hasta la boca de su estómago, obligándola a beber agua de la copa que tenía delante. Tania se dio cuenta, y fingiendo que prefería sentarse en la silla de fuera para ir y salir al baño cuando se encontrase mal por sus problemas femeninos, le cambió el sitio a Raúl, colocándose este al lado de Rebeca. El contacto entre sus piernas al sentarse provocó en ambos un intenso suspiro que coloreo las mejillas de Raúl y un temblor en la mano derecha de Rebeca.

Durante la cena se trataron temas sobre la empresa, política, a qué lugar irían de vacaciones o sobre cuando la pobre Tania encontraría un marido decente. La comida estaba exquisita, y después de esta cena daba paso a ir al local que habían alquilado. Rebeca aprovechó que el pesado de su jefe no le daba conversación para ir al baño, al cual no había entrado durante toda la velada. Después de intentar acertar en el retrete sin tocarlo con las piernas, salió para lavarse las manos. Colocó jabón en ambas palmas y las enjabonó para después aclararlas con el chorro del grifo. Al tiempo que miraba al espejo sintió sobre su trasero el tacto de un duro objeto apretándose contra ella, seguidamente unas manos la rodearon por los hombros y vio a Raúl reflejado en el espejo.

—No sabes cómo me pones Rebeca, no puedo esperar más. Ya has visto, estoy al límite. Necesito que lo hagamos, pero no encuentro una manera bonita de decirlo —dijo Raúl jadeando al oído de Rebeca. El aire caliente de los labios de Raúl impactó contra los poros de Rebeca erizándosele la nuca—. Rebeca, te necesito en mi vida.

—Yo también lo deseo Raúl, pero... ¿cómo dejar plantados a todos en el cóctel? No sería ético —dijo mordiéndose el labio sin que el carmín escarlata de sus labios se corriese. Rebeca se había colocado una lencería casi transparente y tenía miedo de humedecerse lo suficiente como para caer en sus brazos. La boca se le había quedado seca y el mástil contraído de Raúl seguía encaramándose contra ella.

Rebeca lo tomó por los hombros dándose la vuelta y se apretó contra él provocando un suspiro en ambos. Las pupilas de Raúl estaban dilatadas y casi podía sentir como si ambos pudiesen verse el alma a través de sus ojos. Se estrecharon nuevamente y se separaron al oír la voz de Merche que los invitaba a salir del baño. Salieron del restaurante y caminaron hasta el coche de Rebeca, que lo invitaría a su casa. Llegaron veinte minutos después, ambos con una calentura insoportable y subieron los pisos entre abrazos y meteduras de mano. Rebeca se apresuró a abrir como pudo la puerta de su piso y la cerró de un portazo. En la misma entrada, ambos empezaron a quitarse la ropa, con una rapidez incontrolable. Los besos de deseo, húmedos y con el calor de sus lenguas juguetonas cada vez los hacían excitarse más. En seguida pasaron a la habitación de Rebeca, perfectamente ordenada. Había colocado sábanas nuevas para la ocasión, de un blanco inmaculado. Raúl empezó por desabrocharle la cremallera del vestido al mismo tiempo que con su otra mano se deslizaba hacia el jardín de Rebeca. El vestido de ella se deslizó por su cuerpo como una cascada desembocando en el suelo del apartamento, descubriendo unos voluminosos pechos que caían ligeramente por su peso. Rebeca mientras tanto desabrochó con fiereza los botones de la camisa de Raúl, rompiendo algunos de ellos para descubrir un torso curtido en gimnasio y con poco vello, solo a la altura del pecho. Al llegar al pantalón, comprobó que la cremallera de la bragueta estaba a punto de estallar, así que se apresuró en desabrochar el cinturón y bajar sus pantalones hasta sus tobillos. Raúl se descalzó y se despojó de los vaqueros pitillos que lo aprisionaban. Rebeca se lanzó a los labios de Raúl, juntando sus lenguas una vez más en un beso acalorado y mágico, donde el balanceo de las mismas se acompasaba con las caricias de Raúl en la espalda de ella. Raúl descalzó a Rebeca y la tumbó sobre la cama. Ella tenía las mejillas coloradas y su jadeo se hacía más que evidente mientras miraba directamente a los ojos verdosos de Raúl.

Él se acercó hasta ella colocándose encima a la altura de su cara, besándola una vez más mientras se llenaba las manos con sus pechos. A un ritmo lento fue bajando, relamiendo todo su cuerpo, sus pechos y su abdomen, al momento que se topaba con aquellas braguitas de encaje negras y transparentes. Con avidez las tomó por los extremos y las deslizo por las largas piernas de Rebeca hasta que se las quitó por completo. Descubrió en aquel momento un paraíso de placer, el cual comenzó a acariciar con dulzura mientras Rebeca suspiraba agarrándose a las sábanas. Raúl sonrió e introdujo con cuidado su dedo corazón y su dedo índice en la parte superior de la vulva húmeda de Rebeca, tomando contacto con su clítoris y provocando que ésta mordiese sus labios, en una forma por controlar su placer. Mantuvo un tiempo el movimiento en aquella zona, que cada vez se mojaba más por la gran excitación que Rebeca experimentaba. Raúl separó las piernas de su enamorada y se centró en acercar su barbilla contra ella. Con la lengua, daba ligeros toquecillos mientras con los dedos de su mano izquierda seguía acariciando la parte superior del monte de Venus. Siguió dando vueltas en círculos hasta que Rebeca estalló de placer en un orgasmo natural y embelesado. Volvió a acariciar sus pechos y fundió el final del preliminar con un beso ahogado. Era su turno. Rebeca se acercó hacia él, empujándolo cariñosamente para tumbarlo boca arriba. Con lentitud desprendió a Raúl de sus calzoncillos caros, revelándose así un miembro de magnitud considerable que al despojarlo de su escondite, se quedó ligeramente inclinado hacia la izquierda. Rebeca con tomó con su diestra, y magistralmente lo acarició despacio hasta que éste emprendió su camino hasta la cima. Retirándose el pelo hacia un lado y mirando a Raúl de forma erótico, introdujo en su boca la protuberancia poco menos de la mitad. Se quedó en esa posición unos minutos, salivando para humedecer la zona y que en el momento de la penetración fuese aún más placentero. Raúl suspiraba extasiado, contrayendo sus músculos y respirando con fuerza. Rebeca sabía cómo podía excitarlo de verdad, y no se cortaba en cuanto a seguir practicándole un buen oral. La piel del miembro de Raúl se deslizaba arriba y abajo acompasada con los labios de Rebeca, que se centraban en su parte superior, descubierta en ese mismo instante. Raúl giró a Rebeca con cuidado y juntó sus labios con los labios húmedos y palpitantes de ella colocándose en la posición conocida como sesenta y nueve. Dio ligeros toques con su lengua sobre la zona, y más tarde se cebó metiendo de lleno la cara en su vagina. Los movimientos cada vez eran más rápidos, y aquellos preliminares iban a superar los cuarenta minutos. Ambos estaban a punto de reflejar su éxtasis, pero era el momento de la penetración.

Raúl tomó un preservativo del bolsillo de su vaquero, lo sacó del envoltorio y se lo colocó en su miembro totalmente erecto. Lo ajustó un par de veces y volvió a la cama, donde Rebeca lo esperaba tumbada boca arriba, con las piernas separadas. Se colocó sobre ella despacio, besándola en los labios al mismo tiempo que introducía con cuidado su glande en la vagina de Rebeca. En aquel beso, notó el aliento ardiente de ella, y siguió arremetiendo toda la verga hasta el final de esta. Se quedó quieto unos instantes, para que el cuerpo de Rebeca asimilase la situación y después empezó a moverse dentro de ella. Los traqueteos eran suaves, y proporcionaban a ambos un placer inigualable. Sus órganos sexuales encajaban a la perfección, y permitían que el sexo fuese más placentero. Raúl se separaba de ella de vez en cuando, al tiempo que mordía sus pechos con ligero erotismo. Los pezones de Rebeca estaban erectos y chocaban con el abdomen de Raúl al mismo tiempo que aumentaba la velocidad de los movimientos. Sus cuerpos estaban mojados y calientes. Rebeca abrazó durante la penetración a Raúl, y arañó su espalda con deseo. Estaba a punto de correrse. Cambiaron de postura, esta vez Raúl estaba sentado en la cama y Rebeca sobre él era quien aplicaba el movimiento. Las subidas y bajadas eran la mar de excitantes, y las sábanas estaban completamente mojadas. Los gemidos de Rebeca podían escucharse cincuenta metros a la redonda, y el colchón vibraba con fuerza. Raúl jadeaba sobre su nuca y mordía besuqueaba su hombro de forma alocada. Rebeca percibía un arcoíris de placer cerrando los ojos e inclinado su mirada hacia el techo. Todo era perfecto. Estaba a punto de correrse, era un orgasmo. Raúl extrajo su miembro de la cavidad de Rebeca e introdujo tres de sus dedos en ella. Agitaba la mano con fuerza mientras Rebeca se agarraba a las sábanas, muerta de placer. Allí estaba, el orgasmo iba a llegar. De un momento a otro, el flujo espeso y transparente salió propulsado de la vagina de Rebeca, encharcando por completo la cama. Suspiró aliviada y se mantuvo unos segundos con la mirada perdida. Raúl volvió a introducir su verga dentro de Rebeca y la penetró con fuerza. La velocidad iba aumentando hasta que sintió como su vientre se encogía, llegaba el momento. Extrajo su miembro y lo despojó del preservativo. Con su mano derecha se masturbó hasta que se corrió sobre el abdomen de Rebeca. Siguió masturbándose segundos después y más tarde se tiró sobre la cama. Rebeca se acercó a sus labios y los besó con ternura. Había sido un polvo de campeonato. Se mantuvieron tumbados varios minutos, y más tarde se ducharon abrazados con agua templada. Raúl quitó las sábanas de la cama y Rebeca las cambió por unas limpias.

— ¿Te quedas a dormir? —dijo ella en modo sugerente.
—Si insistes... —contestó Raúl guiñándola un ojo.

Durmieron abrazados el uno al otro hasta las ocho de la mañana, cuando Raúl se despertó y se vistió con sigilo. Rebeca abrió los ojos, bostezando al tiempo que divisaba el rostro perfecto de Raúl delante del suyo. La besó con ternura y dijo que más tarde si quería, podían quedar para comer. Raúl se puso la americana y salió del piso, caminando hasta la parada de metro más cercana. Rebeca sonreía tumbada en su cama. ¿Se había enamorado perdidamente de Raúl?

A las once se levantó para prepararse el desayuno, unas tostadas con mermeladas de melocotón y un café cargado. Se sentía nueva, rejuvenecida y una sonrisa impecable no se desdibujaba en su rostro. Mientras se disponía a recoger el desayuno sonó su teléfono móvil. Era un mensaje de Raúl. Un emoticono con un guiño. Se quedó pensando como contestar. El timbre tintineaba desde la entrada. Rebeca tomó una bata corta de su habitación, se la echó por encima y se apresuró a abrir. Abrió la puerta y detrás de ella encontró a su vecino, el del tercero, únicamente cubierto por una toalla.


—Perdona, me han cortado el agua mientras me duchaba, ¿te importa que me termine de duchar aquí? —dijo él con una sonrisa en sus labios—. Por cierto, me encanta la manera en que gimes, no pude pegar ojo en toda la noche. ¿Crees que podríamos repetir lo del otro día?