viernes, 23 de octubre de 2015

Escritura automática ... (creo que 3) Márchate musa, ¡márchate!



Mis lágrimas corroen mis mejillas. La salinización se incrusta en mis poros dejando mi cara helada, tal y como es. No puedo dejar de salivar en este momento. Las notas del piano se adhieren a mis dedos que teclean sin cesar. Parece que no hay otra cosa igual en el mundo, más que esa música que te recuerda que no debes entristecerte, porque si para eso vives ¿qué estás haciendo mal? Ahora mismo no se te ocurre nada que decir para hacer ruido en este silencio tan hipócrita que únicamente lo rompe el sonido de una scooter que pasa por la carretera. Dime entonces querida musa, que te ha llevado a inspirarme hoy, si no puedo dedicarte nada de tiempo para volver a tenerte entre mis brazos como antes. Son los últimos acordes, ¿estás segura que quieres que continuemos con esta conversación absurda que no nos lleva a ninguna parte? Podría decirse que sí, que en este momento y a esta hora del frío y lluvioso octubre el otoño hace de las suyas, y no me permite salir de casa para despejarme. Quiero que llegue el invierno, ese invierno que se funde en la nieve (aunque aquí no nieva) y que el vaho se dibuja en el viento del contacto entre nuestras manos. Vente conmigo, vayámonos de este mundo infiel y doloroso en el que vivimos. No voy a corregir nada de lo que he escrito, porque es algo automático e insignificante que me postra ahora mismo ante el ordenador. ¿Pero por qué no usar la pluma y el pergamino como antes? Si hiciese eso nadie te conocería pequeña musa mía que me inspiras solo cuando no tengo el suficiente tiempo para hacerte caso, para detenerme a mirarte, directamente a lo ojos como lo estoy haciendo ahora. 

Márchate, tengo que trabajar.