domingo, 29 de noviembre de 2015

Relato de 20 minutos (3) 2ª parte


El joven Brennan se había criado con una constitución robusta y de gran altura, aunque no tanto como su madre adoptiva, Gaia. Los años habían pasado, veinte años exactamente. Aún así, Clionda seguía al servicio de la señora Gaia. Brennan aparecía ahora como un caballero, digno de portar lanza y cortejar a doncellas. Su larga melena oscura se ondeaba al viento cuando retiraba su yelmo desde lo alto de su corcel blanco. Desde que cumplió los quince años le comunicó a Gaia que quería ser caballero, pues si ocurría algo en el territorio sería capaz de defenderla a ella y a su gente. Cuando era más joven había sido un niño pillo, pero siempre conseguía sacarle una sonrisa a su madre. A medida que fue creciendo se fue formalizando y empezó a instruirse con la armas. Gaia recibió la terrible noticia de que en uno de los entrenamientos, su querido Brennan había resultado herido, y el mundo se cayó a sus pies. Afortunadamente solo contaba con una herida en el brazo derecho, y al curarse con los años le hacía mucho más varonil. Todas las doncellas de Irlanda deseaban desposarse con él, y los padres de éstas querían conseguir la inmensa herencia que a este le quedaría a la muerte de Gaia. Pero Gaia, se mantenía serena, fuerte como un roble. La edad no la había aquejado de ninguna enfermedad o parálisis, y podía valerse aún por sí misma.
Brennan solo tenía ojos para una dama, y esa era la hija de un conde, la señorita Niamh. Ella contaba también con muchas tierras, pero sobre todo por una belleza extraordinaria. Tenía el cabello largo hasta la cintura, de un color rojizo pálido, digno de la realeza irlandesa. Su tez era pálida, sus labios carnosos y muy cálidos.
La joven aún estaba en edad de casarse, y Brennan no desperdiciaría esa oportunidad. Pero, otro nuevo aspirante al amor de la dama Niamh se encontraba al acecho, este era el príncipe Seamus, el cual por derecho, podía elegir a la doncella con la cual determinaría la descendencia de la realeza. Brennan no se daría por vencido muy fácilmente, y un día en una fiesta de primavera, organizada en el palacio real, le propuso al príncipe un duelo de lanzas y caballos para determinar quién sería el vencedor y conquistador de la doncella Niamh. Gaia y Niamh se negaron rotundamente, pero esto no sería suficiente para calmar la sed de valor que crecía por momento en el interior de Brennan y Seamus. 
Aunque Brennan había resultado victorioso en más de diez combates, el príncipe Seamus se había entrenado con los mejores duelistas y jinetes. Gaia sentía un miedo en sobremanera. Su único hijo, al cual había criado con tanto cariño, se expondría a un peligro vil por conseguir el amor de una joven, que no parecía decidirse entre ninguno de sus pretendientes. 

— ¡Te prohíbo que combatas con el príncipe en un duelo, y expongas tu vida de esa manera Brennan! —gritó Gaia ferozmente al entrar en su castillo, aunque Brennan no parecía hacerle ningún caso.
—No voy a ceder, madre. Si la lucha es la única forma de conseguir a la bella Niamh, me enfrentaré aunque pierda la vida en el intento —le contestó el joven orgulloso.
—No digas eso Brennan. El orgullo y la fama no te harán mejor caballero, solo conseguirás enloquecer. ¡Recapacita, por Odín! —le rogó Gaia estrechándolo contra su pecho.
— ¡Dejadme en paz madre! —vociferó Brennan apartando a su madre de un golpe, que produjo que esta cayese al suelo lastimada. 

Brennan observó a Gaia en el frío suelo de piedra, mirándolo con desaprobación y lágrimas en sus ojos, que corrían rápidamente por sus mejillas hasta morir en su barbilla. 

—Ya conozco la verdad, madre. Me recogisteis de un río, para ponerme a salvo, pero no estaré a salvo si no puedo conseguir a la mujer que amo. Antes la muerte —sentenció Brennan mirando a su madre con odio—. Ojalá no me hubieses tomado, quizás algún pastor o campesino me hubiese criado mejor, y me permitiría poder acceder a la persona que consigue que mis noches las pase en vela, pensando como poder demostrarla el amor que siento hacia ella. 

Gaia alargó su mano hacia su hijo, pero este sin embargo ondeó su larga capa hacia un lado con asco, y desapareció del palacio, cabalgando en dirección hacia la ciudad. Gaia se quedó en el suelo, y se durmió entre las pocas lágrimas que sus ojos le permitían derramar. 

jueves, 26 de noviembre de 2015

Relato de 20 minutos (3) 1ª parte.


Había salido a pasear por los caminos más recónditos, ocultándose en la espesura del bosque, mientras en rocío de la madrugada y la niebla, bañaban su cara enrrojecida. Aquel rostro ya no era terso y joven como antes. A Gaia le hubiese gustado poder gozar de su juventud, pero en aquel momento todo estaba a punto de acabarse. No deseaba seguir con esto. Cuando su padre murió le prometió que protegería el patrimonio, pero nadie deseaba casarse con ella. Gaia no era poco agraciada, al contrario, su templanza con los años la había vuelto más relajada y de expresión amable. En aquel momento contaría aproximadamente con la edad media, aproximadamente unos treinta y cinco años. Para las personas de aquel tiempo, si a su edad todavía no se había casado ni tenido pretendientes ni hijos, no los tendría jamás. Gaia tenía una larga melena rizada, rubia heredada de su madre. Sus manos eran pequeñas y delicadas, pero su altura (muy por encima de los hombres) la hacía quedar en evidencia en los actos de los señores feudales. Por eso siempre se ocultaba en su castillo, y solo salía para dar largos paseos por la noche, escapándose del ama de llaves que siempre la repetía que el bosque no era lugar para una muchachita. Ella siempre se decía que "el tiempo lo curaría todo", pero aquel momento de curación no llegaba, y ella empezaba a impacientarse.

 Aquel día el cielo estaba blanquecino, pronto llegaría el invierno y con él el hielo y la nieve. Hacía bastante frío, tanto que para una mujer de sus condiciones físicas, Gaia seguía tiritando. De pronto comenzó a oír un murmullo, y sospechó que podía ser un animalillo disperso entre la flora, pero no, parecía más bien un llanto o un gemido. Mientras avanzaba hasta el riachuelo que contemplaba a diario, las ramas se enredaban en su vestido, producían cortes y rasguños en sus lozanas piernas, pero a ella no le importaba el dolor, necesitaba saber que era aquel ser que producía tales alaridos. Pronto comenzó a oír el sonido del agua corriendo monte abajo y supo que estaba cerca. Al llegar al río divisó algo envuelto en una tela vieja y arrugada. Se acercó con la prudencia que la caracterizaba y echó un vistazo. Se había puesto en lo peor, pero lo que allí tiritaba de frío y de piel rosada no era ni más ni menos que un bebé. Sí, un bebé sano y regordete. A juzgar por su desnudez, Gaia comprobó que era un varón. Automáticamente lo estrechó contra su pecho, proporcionándole calor y después observó el paisaje. ¿Quién habría sido tan cruel como para abandonar a un pobre niño indefenso en una víspera de invierno? Muy terco debía ser aquel, o una madre muy despistada. Por más que gritó a los cuatro vientos clamando al dueño del bebé, no obtuvo respuesta. Tal vez el dios Odín se había mostrado agradable y generoso, y había colocado allí el bebé para que Gaia lo encontrara. Ella no lo sabía, pero en cuanto el bebé se durmió, lo estrechó de nuevo contra su pecho y lo llevó hasta su castillo, atravesando de nuevo el oscuro bosque. Ella no sentía miedo, puesto que el bebé se hallaba con ella, y ambos se protegían con confianza. Tras el duro camino, por fin llegó al castillo, donde Clionda la estaba esperando con el ceño fruncido.

—Gaia, ¿se puede saber dónde estabas? ¿Qué es ese vestido rasgado y sucio, y tu melena despeinada? ¿No habrás estado con un varón? —preguntó Clionda llevándose la mano a la boca.
—Ojalá querida Clionda, pero no ha habido esa suerte. Lo cierto es que si que traigo un hombre, bueno más bien un niño. Lo he encontrado en el río, hubiese muerto si no lo salvaba.
— ¡Santo cielo, un bebé! Debemos comunicarlo de inmediato. 
—Nada de eso, haremos un trato. Si nadie lo reclama en el tiempo de tres días, me lo quedaré y lo criaré yo. 
—Pero señora, no puede vos hacer eso. Sois una joven casadera, imaginad que encontráis pretendiente, no querrá casarse si os haya madre de un niño.
—Mi querida amiga, los hombres ya no querrán un trapo viejo como lo soy yo, déjate de tonterías y ayúdame, debemos buscar algo de leche. Ordena que traigan una nodriza. 
—Pero señora... 
—Es una orden.

Tan pronto como Gaia se encariñó del pequeño infante, nadie lo reclamó en el plazo acordado, por lo tanto fue adoptado por la señora, Gaia, la cual le puso el nombre de Brennan. Gaia y el bebé crecerían felices durante mucho tiempo, hasta que un obstáculo, se interpondría entre ambos... 

jueves, 19 de noviembre de 2015

Relato de 20 minutos (2) 3ªparte y FINAL



Está bien, me sentaría en una mesa y haría un poco el paripé. Así no quedaría tan forzado. Allí esperé al menos diez minutos hasta que fue a recoger una de las mesas. Tomó la bandeja que había y se giró para encontrarse conmigo en una mirada profunda. La bandeja que sostenía temblaba ligeramente.

—Hola —dije tras un silencio incómodo.
—Hola —contestó ella con total seguridad— ¿Quieres algo? 
—Ehm...
—No, mejor no digas nada. ¿Ahora te dedicas a seguir a las chicas que se presentan a tus castings? 
—Lo cierto es que no —dije siguiéndola a través del comedor hasta llegar a una especie de almacén.
—Vale, espérame fuera, más tarde hablamos. Todavía tengo que recoger esto. 

Me volví a sentar en una de las mesas. Estaba muy confuso. ¿Qué quería esta chica? Simplemente me había acercado a verla por cumplir, lo lógico es que cuando ves a una persona que conoces (y a la vez te hace un poco de tilín) te acerques a verla. Esperé y esperé, al menos veinte minutos. Dafne salió del almacén y se despidió de sus dos compañeras, las otras chicas voluntarias del comedor. Salimos a la calle y el frío se caló en mis piernas, que al llevar mallas deportivas cortas me produjo un escalofrío. 

—Si te apetece podemos ir a mi casa. Hace frío y te vas a resfriar. Cogeremos mi coche, está aparcado a la vuelta de la esquina. Ve yendo para allá, he olvidado algo. 

Aguardé su presencia al lado de su Mustang antiguo. Llegó pronto y ambos nos subimos en el coche. No tardamos mucho en llegar desde el lugar, quizás diez minutos. Allí vivía ella. Eran unos pisos pintorescos, de ladrillo visto y muy acogedores. Ella vivía en un segundo. Apenas tendría sesenta metros cuadrados, pero lo había decorado de manera despreocupada a la vez que conjuntado. Dejó su bolso y su abrigo en la entrada. Me invitó a sentarme en el sofá mientras ella se marchaba a ducharse. De nuevo me dejó solo. Un ligero sonido, como un canto angelical retumbaba en mi oído, se marcaba toda una opereta en el baño. Me levanté, no aguantaba allí sentado mucho tiempo más. Avancé hacia la ventana y observé el paisaje. Todas las luces de la ciudad estaban encendidas y creaban una panorámica digna de colgarse en Instagram
Me di la vuelta y allí estaba ella. Desnuda ante mi presencia. No sabía dónde mirar, (bueno, obviamente sí), pero pretendía que no se notase demasiado. Se acercó a mí con paso decidido, mientras sus virtudes danzaban a un compás presto. 

—Has venido a por esto, y yo te lo voy a corresponder. No te lo tomes como un trabajo, no soy de esa clase de personas —dijo tomándome por la camiseta y llevándome hasta su dormitorio. 
Me tumbó en la cama de manera delicada y me desvistió con caricias. Ella me correspondió y yo supe corresponderla. Aún puedo recordar mi cara de placer en aquel momento, cerré los ojos y me dejé llevar. También lo hizo ella y nos produjo una total armonía que nada podía cesarla. Noté la vibración de mi móvil en el soporte para running que se incorporaba en el brazo. Pude distinguir una V y una M al final ¿Qué hacía mi madre llamándome en un momento así? No hice caso, y seguí a lo mío.
En el momento de la acción sentí como ella temblaba y su vello se erizaba el igual que el mío. El movimiento era continuo y placentero. Acompasábamos los asaltos con besos tiernos. Me agarró la nuca. En el momento álgido ella quiso parar. La miré directamente a los ojos y nos besamos otra vez. Se levantó como un rayo y se puso una bata. Me pidió que me marchase.
—Ya hemos acabado, debes marcharte ahora —dijo señalando la puerta con el dedo índice, que no paraba de temblar. 
—Te dejaré mi número —dije tomando un bolígrafo y una agenda de su mesilla. 
—Muy bien, te llamaré.

Me vestí rápidamente. Creo que en ese momento estaba completamente enamorado. Bajé las escaleras y salí a la calle. Corrí lo más rápido que pude hasta mi casa. Esperaba que mi madre estuviese allí, pero no la hallé. Respondí a su llamada perdida. Tan solo me había llamado para concretar una cita con el médico, pues su ordenador no funcionaba y no podría hacerlo en su casa. 

De aquello pasaron tres o cuatro días, no lo recuerdo bien de lo ansioso que estaba. Mientras veía la tele me sobresaltó el teléfono. Era ella. Era Dafne. Lo cogí enseguida. 
— ¿Dígame? —contesté con todo seductor.
—Hola, director. Soy Dafne, y estoy en una encrucijada. ¿Quieres saber por qué razón me tiemblan las manos? Sé que tengo la enfermedad del Parkinson, pero cuando estoy contigo se me acelera aún más. No quiero que te tomes esto como una despedida. 
— ¿Qué ocurre Dafne? ¿Te sientes cohibida para hablar? —expresé extrañado,
—No es eso, señor. Lamento que va a tener usted que buscarse a otra actriz protagonista, Dafne Grass no va a participar en ninguna película. Todo estuvo bien, pero no estoy preparada, Adiós Dan.

Me alarmé al minuto. Cogí mi coche y me acerqué a su piso para averiguar qué pasaba. Llamé a la puerta pero no hallé a nadie. Conduje de nuevo hacia el comedor social, pero allí no estaba ella. Me sentía como una mierda. ¿Por qué aquella chica me haría sufrir de esa manera? Me encontraba muy mal, así que decidí salir por las afueras a conducir tranquilo. Todo iba bien hasta que en el kilómetro ocho de la carretera comarcal divisé una gran humareda. Me aproximé lo más rápido que pude. Allí estaba su Mustang, irreconocible, pues se había estrellado contra un árbol. Salí del coche a toda prisa con el corazón palpitando fuertemente. Busqué en el interior del vehículo, pero no divisé persona alguna. Estaba preocupado. ¿Se había chocado por mi culpa? No, ella no podía haberse chocado. Allí solo había un coche un árbol. Era todo muy extraño. Quizás fuese una pista. Caminé a lo largo de la ancha carretera, quizás quinientos metros. Me llamaron al móvil. Era mi madre. Contesté dejando de lado mi preocupación para que ella tampoco que preocupase. 

— ¿Sí? Dime mamá —dije con tono fingido.
—Cariño, ¿dónde estás?
—Estoy bien mamá, he salido a pasear. ¿Qué te ocurre?
—Hay una chica en casa, esperándote... 
— ¡DAFNE! —expresé con alegría cortando a mi madre mientras hablaba. 

Todo aquello fue un terrible error. Ella estaba viva, pero yo no volvería a verla. Escuché una bocina, como parecido al ruido que hacen los hinchas en un partido de béisbol. Para cuando quise voltearme, solo pude ver como las luces de un camión se aproximaban hacia mí y me daban muerte. 
Valerie siguió hablando por teléfono. Quien había acudido a mi casa era Mary, pues quería aclarar algo sobre el casting de los personajes secundarios. 

¿No es irónico y paradójico? Allí solo encontré un árbol, como un amor imposible. Muy parecido al mito de Dafne y Apolo. Ella es transformada en árbol por su padre y Apolo queda desolado. Yo conocería la muerte. ¿Cómo acabó Dafne? Nunca lo sabré, yo ya estoy muerto. Lo único que sé, es que ella era solidaria. Quizás porque sufría de una enfermedad que le hacía ser más caritativa. De nuevo, nunca lo sabré. Yo ya estoy muerto, y los muertos ni escriben, ni hablan.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

Relato de 20 minutos (2) 2ª parte.


Aunque ella fuese muy distinta del personaje que debía interpretar, me encantó. Se llamaba Dafne y tenía aproximadamente unos veintitrés años. Tenía el pelo negro azabache y una cara delicada y agraciada. Al momento de la audición se encontraba muy nerviosa, pues todas las manos le temblaban y no hacía más que colocarse hacia un lado el flequillo. En su ficha no aparecía que tuviese ninguna experiencia anterior. Simplemente que durante su periodo de instituto había hecho teatro, pero ningún largometraje conocido con algún director/a famoso. Su voz era suave, pero potente cuando el papel no requería. Interpretó a Becca de una manera sin igual. Al final de la interpretación quise aplaudir, pero me contuve. Hablamos entre nosotros, a Mary no le había convencido mucho, más que nada porque no tenía una formación ni una carrera cinematográfica, pero le había gustado su forma de actuar y su atuendo. Al otro juez le entusiasmó el sentimiento que Dafne ponía en los momentos tristes. Sí, aquí va un spoiler. La escena que la chica eligió fue cuando los padres de Dafne son asesinados y tiene que mostrar su dolor por la pérdida. Me conmovió. Tras unos minutos de espera le confirmamos a Dafne que había obtenido el papel. Simplemente nos dio las gracias y se marchó. Bien, el casting de los protagonistas había concluido, más tarde se elegiría al resto del elenco, pero en dos meses se empezaría a rodar. Me entristecía no poder ver a Dafne hasta dentro de dos meses... eso si la veía. Decidí no preocuparme. Recogí mis cosas y me marché a casa. 
Allí estaba mi madre... maldita Valerie... siempre en el momento más inoportuno.

—Bueno, ¿cómo te ha ido? —dijo sin más.
—Bien, hemos terminado de elegir a los protagonistas. Ya los verás en las carteleras el año que viene.
—No creo que vea esas películas...
— ¿Entonces por qué me preguntaste que qué tal? —digo con un tono irónico.
—Bueno, una madre tiene que preocuparse a veces por las necesidades de su hijo, aunque he leído en una revista esta mañana que contra más nos preocupamos, más os lo saltáis a la torera, así que, he decidido no entrometerme más en tu vida. Pero por último... ¿crees que esta es manera de mantener una casa? —me dice soltando una carcajada.
—No tienes remedio mamá... —dijo acercándome a ella y abrazándola. 
—Ah y por cierto, a ver si me aceptas la petición de amistad del Facebook, o tendré que bombardearte con SMS todas las tardes...

Por la tarde mamá se marchó y la casa se me echaba encima. Decidí salir a correr un poco para despejarme. Había vuelto a hacer deporte. Sí, yo, Dan Page había vuelto al mundo del fitness durante dos años de pausa... Durante el recorrido atravesé varios parques y numerosas avenidas, pero mi alegría se disipó al pasar por unos callejones y encontrarme a una multitud de mendigos arropados con cartones y viejas mantas roídas. Pero, mi ánimo tuvo un estado de bipolaridad y volví a recobrar la felicidad al ver a alguien junto a un edificio de dos plantas. Era ella. Mi pulso se aceleró considerablemente, aún más de las pulsaciones por el efecto del running; noté como mis pupilas se dilataban, enfocando lentamente su cara. Aquella carita de niña dulce y mejillas sonrosadas. Era Dafne. ¿Qué estaría haciendo ahí? Por fuera parecía un bar cutre, tipo motel de carretera, pero ella se encontraba allí, lo cual me decía que tenía que entrar. Crucé la acera y me aventuré a entrar en el local. ¿Trabajaría allí como camarera? Obviamente, pues estaba recogiendo las mesas. Pero no, aquello no era un bar. Lo percibí por el olor a humedad y la gente vestida anticuadamente. Se trataba de nada más y nada menos que de un comedor social. Sí, uno de esos comedores donde acuden las personas que no tienen recursos. No sabía qué hacer... ¿acercarme a ella y saludarla cordialmente? No, demasiado arriesgado, pensaría que sería psicópata o un acosador. 

lunes, 16 de noviembre de 2015

Relato de 20 minutos (2) 1ª parte.



Aquel día había comenzado bien. No estaba demasiado nervioso, simplemente sería mi primer día como jefe de la compañía. Tenía a más de cincuenta personas a mi cargo y no sabía si realmente estaba preparado para ese empleo. Me había partido el lomo durante más de seis años para conseguir el puesto, y al fin, cuando casi lo rozaba con los dedos, me planteaba si debía o no rechazarlo. Mamá estaba harta de decírmelo: "—Dan, a ver cuando te casas, me tienes que dar nietos. —" "—Voy a cumplir setenta y todavía no voy a poder acompañarte del brazo hasta el altar—." "Dime la verdad, ¿no te gustan las mujeres?—." Todas sus preguntas eran para mí un continuo suspiro y siempre se quedaban sin contestar. ¿Qué le importaba a ella si no tenía hijos, no me casaba y prefería vivir solo, o cuestionar mi sexualidad? Mi madre, Valerie tenía cerca de... no lo recuerdo, al menos sesenta y ocho, y era demasiado moderna para su edad. Le daba al Facebook y se dedicaba a mandar SM'S a todas horas. Era un caso, pero yo la quería. En ese momento yo iba también a cumplir los treinta y cinco. Treinta y cinco años y sin pareja... Había pasado por malas relaciones. Mi conclusión era que las mujeres eran malas por naturaleza, y que estaban en el mundo solo para hacerme sufrir.
En realidad mi vida se basaba en ir a mi trabajo. Formaba parte de una empresa de castings para películas, y mi deber era organizar los castings, telefonear a los aspirantes al papel para que se presentasen los días indicados, etc... En conclusión un aburrimiento. Ahora no tendría que tener tanto papeleo, ahora sería el encargado de selección de casting. Yo tendría que decir "¡Siguiente!" y ver como todas las ilusiones de aquellos aspirantes eran pisoteadas y transformadas en lágrimas. Lo cierto es que yo era una persona muy poco objetiva, ya que a mí me gustaba casi todo, y normalmente me dejaba influenciar por las opiniones de los demás jueces. Mi decisión sería la definitiva.

Volviendo a aquel día de marzo, me dirigí al edificio y en cuanto entré, ya tenía a más de diez personas con carpetas y preguntándome cosas. No tenía ni idea de nada, yo simplemente entré sin atender a los buitres empresariales, y me senté en mi sillón. A mi lado se encontraba la crítica, Mary Bassfender, que tenía una revista cinéfila, y a mi derecha se hallaba otro crítico, del cual ni recordaba su nombre. Los candidatos se presentaban a un casting para una película futurista. Hoy elegiríamos el papel de los protagonistas, dos chicos y una chica. Comprobé la lista de aspirantes y había cerca de 1500 nombres. Me ahogué entre los papeles. Tragué saliva, respiré hondo y dije: "Que entren los candidatos". 

En una jornada de casi dos horas encontramos a los dos protagonistas masculinos, estaba muy claro. Altos, de piel blanquecina, musculados y de mandíbula cuadrada. Los típicos modelos de revista. Ambos actores se llamaban Víctor Townsend y Bryan Perry. Ellos tenían una carrera cinematográfica muy corta, pero selecta. Habían llegado a trabajar con James Cameron y eso era un logro. 
Por fin llegó el turno de las chicas, estaba cansado de ver tantas barbas y espaldas triangulares. Ahora elegiríamos a la protagonista, la bella Becca. Becca era una princesa delicada, de tez blanca y manos delicadas. Las aspirantes comenzaron a pasar. Creo que dije "Siguiente" al menos doscientas veces. Pero de pronto, allí estaba ella. Una joven preciosa, muy distinta a Becca.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Relato de 20 minutos (3ª parte y final)



Fue entonces cuando decidí que debía poner solución e inventarme una excusa. Bien, ocurrió así. Acudí a una clínica privada, donde me recetaron unas pastillas anticonceptivas, las cuales podía tomar cada día para evitar quedarme embarazada. Cada mes tenía que desplazarme hasta la otra punta de la ciudad, la farmacia más lejana para que Paul no sospechase. Luego escondía las pastillas entre mi maquillaje, o entre las compresas que compraba para disimular mi periodo. Paul no tendría motivos para mirar allí. Él estaba siempre muy ilusionado, y las relaciones sexuales sin la protección eran magníficas, pero aquel niño nunca llegaría. Paul se preocupaba demasiado, pero yo no miraba por su bien, sólo por el mío. Continué mi romance con May, no la dejaría nunca. Ella me comprendía, era simpática y afectiva. Era exactamente igual que Paul, pero no me dejaba tantas carencias. Él trabajaba a todas horas, y solo teníamos unas horas para nosotros. Aprovechando que él estaría fuera unos días, por reuniones de trabajo, decidí mudarme ese tiempo al apartamento de May. Los vecinos solían quejarse de nuestros gritos, pero no eran peleas, sino amor simplemente. 

Pasaron cuatro años más, y fue entonces cuando sonó aquel teléfono. Dos días antes, May y yo habíamos ido al cine y allí acordamos revelarle a Paul la verdad sobre nuestra relación. Estaba decidida, pero, cuando llegué a mi casa, me encontré a Paul llorando desconsoladamente. Planeaba que fuesemos a una agencia de adopciones, puesto que sino podíamos tener hijos, debíamos ponernos en manos del destino, y tomar por hijo a un niño desamparado. Yo no estaba por la labor, así que, le dije que ya llegaría ese día. Estaba demasiado mal como para confesarle lo de May, sería cruel si lo hubiera hecho, y sin embargo nos fuimos a dormir, sin decirnos nada más. El sobresalto me ocurrió en la cocina estaba colocando la compra cuando me mareé. Sentía náuseas y no me encontraba bien. Decidí ir al médico. Esperé en la consulta. Estaba muy nerviosa. Me pidió que me quitase la camiseta para hacerme una radiografía y me preguntó ¿Está usted embarazada? A lo que yo respondí: No lo sé. No sé porque dije que no lo sabía, pues me había tomado la píldora todos los días del mes. El doctor me colocó en la camilla y me untó una especie de crema sobre la piel. Después puso sobre mi vientre un aparato con luz violeta. No pude contener un asombro. Allí se movía algo, y mi perdición llegó cuando me dijo que en efecto, esperaba un bebé. Me levanté rápidamente y salí de la consulta. Estaba agobiada, no sabía como afrontarlo, así que, decidí ir a ver a May, pero cuando llegué a su casa no encontré a nadie. Solo había una nota en la que decía:  

    Rosalind, he ido a comprar unas sales para el baño,
 volveré en un rato.

Recibí una llamada al móvil. Era Paul. Me pidió que volviese a casa, puesto que el de la agencia de adopciones estaba esperándome allí. Obedecí al comunicado. Llegué a mi casa lo más rápido que puede, pero no le confesé nada a mi marido. En mitad de la conversación con el señor de la agencia sonó el teléfono fijo. Me levanté corriendo, puesto que la conversación del tipo era muy aburrida. Descolgué el auricular y lo coloqué en mi oreja contestando con un ¿Dígame? Escuché el trágico mensaje y no pude evitar que el teléfono cayese a mis pies. Cogí con rapidez mi gabardina y las llaves del coche y salí en busca de mi amada. Mientras conducía volvía a pensar en mi pasado, y en los ratos que había pasado con May. Estaba triste, cabreada, no tenía manera alguna de reaccionar. Sentía una presión fuerte debajo del estómago y una sensación de vergüenza. Llegué rápidamente a la escena del accidente. Su Volkswagen rojo se había empotrado contra un muro. Estaba completamente calcinado. Me abrí paso entre la policía y los bomberos, pero cuando llegué a la ambulancia, dentro no había nadie. En su lugar un cuerpo estaba cubierto por un papel dorado, y no se movía. Me llevé la mano a la boca. Las lágrimas corrieron por mis mejillas como un río caudaloso. Todos mis sentimientos se posaron en mi mano, que mientras uno de los policías me sujetaba, tomó su pistola y... morí. 

Aquel día no solo murió May, yo y mi futuro retoño, aquel día expiró el amor de dos mujeres que se amaban con locura, pero no estaban preparadas a dar el paso de comunicárselo a la sociedad, todo, por el qué dirán. 

jueves, 12 de noviembre de 2015

2ª parte: Relato de 20 minutos.


May no quería matricularse en derecho, por eso duró solo dos semanas. (Demasiado en mi opinión) Se marchó de la facultad y se arrojó a la calle. Comenzó a pintar cuadros por las grandes avenidas, retratos que vendía extremadamente baratos y que le servían para pagarse el autobús de vuelta a su casa. Cierto era que la casa era de sus padres, pero sin estudios y sin trabajo, ella no podía mantenerse. Meses más tarde encontraría trabajo en una cafetería cercana y no desistió de la idea de independizarse totalmente. Abandonó su antigua casa y se trasladó cerca de su trabajo, en un barrio bastante periférico y lúgubre. Un día recibí una llamada suya, puesto que necesitaba una modelo para uno de sus cuadros, necesitaba a alguien rubia y de ojos cobrizos, alguien como yo. Sí, todo me resultó extraño. Como cualquier persona desconfiada deseché la oferta y le dije que no podía recorrer casi doscientos kilómetros porque a ella se le hubiese antojado reflejarme en uno de sus cuadros. No volvió a llamarme, pero en aquella fiesta de antiguos alumnos nos encontramos cara a cara. Yo había ido al baño a cambiarme, pues mis problemas femeninos acechaban con echar a perder mi gran noche. Paul y yo llevábamos juntos casi cinco años, y muy pronto querríamos casarnos, pero tiempo al tiempo. Cuando entré en el baño y la vi mi cara se heló al igual que mis manos y que mis pies. 

—Hola —dijo sin más May repasándome de arriba a abajo. 
—Hola, May —dije yo intentando ocultar mi sorpresa.
—Hace mucho tiempo que no nos vemos. Me resultó raro que rechazases la oferta que te propuse hace años... ¿Cómo está Paul? ¿Sigue jugando al comecocos?
—No, él... trabaja en una tienda de telefonía... ¿Qué tal te va?
—Lo cierto es que bastante bien, trabajo como decoradora de interiores, y gano una buena suma de dinero... pero me falta algo.
—¿Qué es eso? —pregunté yo inconscientemente.

Al momento May se abalanzó sobre mis labios y los besó sin reparo u objeción. El gloss de su boca sabía a melocotón, creando un perfecto contraste con el chicle de menta que masticaba en aquel momento yo. No me eché para atrás. Seguí besándola fieramente, y tuvimos que meternos en uno de los retretes para no levantar sospechas. Aquello no fue nada comparado con lo que haríamos después. Paul dejó su trabajo y nos mudamos a la ciudad de May. Mientras él trabajaba ahora como reparador informático, yo me dejaba caer por el apartamento de May y jugábamos a cosas prohibidas. Toda la vida ha habido lesbianas, mujeres de su mismo sexo que que aman a otras mujeres, que besan a otras mujeres, que se acuestan y se levantan con otras mujeres. Yo no iba a ser menos, pero me encontraba en una encrucijada. ¿Paul o May? Podría jugar a dos bandas, pero eso sería muy cruel. Paul estaba muy ilusionado con la idea de casarnos, pero yo le daba largas, ya que le decía que con veintinueve años todavía es joven para casarse. 

Durante mi romance con May pasó el año dos mil, y el Fin del Mundo no se produjo. Menuda decepción, por lo menos si hubiese ocurrido yo habría disfrutado y no tendría que darle explicaciones a Paul sobre mi infidelidad. Las noches con Paul eran divertidas y placenteras, pero con May eran apasionantes. Conocía una técnica de placer única, y yo disfrutaba el momento teniendo el mi mente un carpe diem completo. Cuando cumplí treinta y dos, le di el si quiero a Paul. Pero ahora llegaba otro paso más difícil. Él quería tener hijos, pero yo no quería. Una familia era demasiada carga para una adultera como yo. May no soportaría la idea de engañar a unos pobres retoños inocentes. Ellos no tenían la culpa de que yo no me aclarase. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Ah y por cierto, tengo tumblr

1ª Parte: Relato de 20 minutos (Experimento)


Últimamente estoy usando los blogs para reflexiones y pensamientos, pero me apetece crear algo nuevo, voy a intentar hacer una historia. Sí, un relato, ahora mismito. Son las 22:38, hasta las 23:00 horas tengo tiempo... ¿qué creéis que saldrá? :P 



Sonó el teléfono estridentemente. Era aquella voz, una voz áspera y ronca que se entrecortaba cuando la respiración del emisor se volvía agobiante. Empleaba palabras cortas y concisas. Volvía a respirar y no sabía expresarse con claridad. El momento clave llegó de sopetón con las palabras "accidente" y "muerte". Automáticamente me alejé el auricular de la oreja y dejé caer inconscientemente el teléfono. Aquel golpe lo recibí como un jarro de agua fría deslizándose por mi espalda a un ritmo extremadamente rápido. Así ocurrió, el coche se había precipitado por un hondo barranco. ¿Habría sobrevivido? ¿Seguiría jadeando cuando yo llegase a la escena del accidente? No podía quedarme esperando. Tomé lo primero que pillé y metí toda mi documentación en los bolsillos de mis vaqueros. Cogí las llaves del coche y conduje velozmente entre el denso tráfico que hoy se había puesto de acuerdo para no dejarme llegar a tiempo siquiera de poder decirle adiós. La poca visibilidad hacía que no sobrepasase los ochenta kilómetros por hora, la niebla y las lágrimas en mis ojos se habían aliado en mi contra. Pero no quería correr la misma suerte que ella, pues se había salido de la carretera cuando volvía de madrugada. Oh, mi querida May se había ido de mi vida para siempre, o estaba apunto de hacerlo. En ese momento, mientras algunos todo-terrenos me acechaban por ambos carriles sentí un escalofrió y me vino a la mente el recuerdo de como nos conocimos.
Fue hace más de ocho años, en una fiesta para alumnos del antiguo instituto. Ella estaba allí, yo había acudido con mi novio y no sentí reparo en mostrárselo al mundo.  Paul no era precisamente la típica persona que uno se esperaba que llevase la chica más guapa del instituto. Es cierto, de niña era muy fea, pero parece que durante la pubertad había mejorado un montón. Paul era grandote, de aspecto bonachón y con unos ojos preciosos, pero no era el tipo de chico que encajaba en todos los grupos. Sí, solía ser un poco friki para aquella época. Friki... qué palabra tan  nueva, jamás me acostumbraré. Por aquel entonces todavía no habíamos terminado la década de los noventa, y francamente, estaba deseando que llegasen los dos mil y el esperado fin del mundo. En resumen, May fue alumna de mi antigua clase, en la cual no llevábamos genial. Ella quería estudiar Bellas Artes, pero sus padres se esforzaron porque ella desistiese y la alejaron de mí a mas de ciento cincuenta kilómetros. 


[Bueno, y hasta aquí el relato por hoy, son las 11 de la noche y me tengo que ir a dormir para ir mañana el instituto. Por favor, si os está gustando y queréis saber como continúa, mañana os daré alguna pista, y otra nueva parte. Gracias por llenar este vacío que el estudio causa en mi. Ais... mi querido blog, ¿por qué te abandoné hace tanto tiempo? ]