sábado, 29 de octubre de 2016

Buena nueva! La Séptima Entrevista

Hola queridos amigos del MeLlamanRo! Tengo una buena nueva para vosotros, y es que vais a poder encontrarme en una revista digital! Desde hace una semanna soy colaborador de La Septima Entrevista (http://www.laseptimaentrevistaa.com) en la que he empezado a compartir mis relatos. Muchos quizás los hayáis leído por aquí, pero hasta que haga nuevas creaciones podéis releerlos allí. También subiré allí relatos exclusivos y artículos o críticas. De momento es simplemente para informaros de los proyectos que tengo en mente y que estoy haciendo.
En segundo lugar sigo enredado con Siempre conmigo , novela la cual espero poder ir publicando en Wattpad conforme vaya escribiéndola. También ando con varios relatos e intentando sumarme a la prosa poética de la que tanto habla la gente. No voy a escribir prosa poética por moda, sin embargo voy a intentar hacer algo decente para ir probando géneros nuevos y reinventarme.
Os seguiré informando queridos lectores, un abrazo! :)

lunes, 10 de octubre de 2016

Placer concedido (Relato erótico +18)

Por fin había llegado julio, y así comenzaban sus vacaciones. Un mes entero para pensar en ella misma. Sin restricciones de ningún tipo, ya que durante más de seis meses había estado haciendo una dieta baja en calorías para definir su cuerpo. Había conseguido bajar de setenta y ocho kilos a un peso de sesenta y dos. Para medir un metro setenta, no tenía un exceso de peso, pero las mala alimentación, los chocolates de navidad y el estrés post-producción de los programas habían acabado con ella, refugiándose tristemente en la comida rápida. Las malditas estrías habían abandonado su cuerpo gracias una crema que su amiga Tania le había recomendado de la farmacia.

Y allí estaba, saliendo de los estudios de la televisión para la que trabajaba, una Rebeca nueva. A raíz de su ruptura dos años antes no había querido involucrarse en una relación seria, prefería el sexo fácil que los "folla-amigos" le proporcionaban. Rebeca acababa de cumplir en el mes de abril los treinta y tres. Treinta y tres años de soltería, menos los ocho meses que estuvo saliendo con Alfonso. Alfonso, treinta y ocho años, su jefe y propietario de la empresa de telecomunicaciones líder, un cerdo de campeonato. Durante esos ocho meses de relación todo fue sobre ruedas, citas en el Retiro con paseos en barca a remo, cenas románticas en restaurantes caros, todo lo que una chica pudiese soñar. Alfonso había estado casado en tres ocasiones, con un hijo de cada relación. Después de los ocho meses, Rebeca se lo encontró en la cama con otra y decidió poner punto y final. A pesar de eso, todavía le quedaban tres años de contrato en su empresa, así que, prefirió poner la otra mejilla y continuar trabajando allí.

Dos meses después de ese hecho llegó a la empresa un nuevo presentador de tele-diario, Raúl, un macizo de calendario de bomberos. Treinta y seis años muy bien llevados, barba espesa y recortada con además un aliciente, su manera de encandilar. De las pocas veces que Rebeca había hablado con él se le había caído la baba. Se notaba que había trabajado durante mucho tiempo como periodista, y ahora, había llegado a la cadena para quedarse. He aquí cual era el deseo de Rebeca, acostarse con Raúl. Cuando en julio tomaban vacaciones, celebraban una cena en un restaurante de categoría, y más tarde alquilaban un local para los cócteles y la post-fiesta. Normalmente acababan emborrachándose y llegando tarde a casa en el metro, pero Rebeca tenía un plan mucho mejor. Los últimos días que había estado elaborando un reportaje, Raúl había mostrado en ella un interés superior, algo que no le pasaba con nadie, ni siquiera con su amiga Tania, una modelo de treinta y ocho con tallas noventa-sesenta-noventa que había estudiado informática y tras su carrera como modelo se dedicaría a lo que de verdad le gustaba, los procesos binarios y la programación.

Raúl se le había insinuado, o al menos eso creía ella. Llevaba cerca de tres meses sin tener sexo, la última vez con su vecino de arriba, un yogurín de veinticinco que solía ver sin camiseta cuando tendía la ropa en el patio común. Un día, sus calzoncillos se cayeron al patio cuando Rebeca estaba recogiendo la ropa, y cuando se los subió al tercero, se lo encontró recién duchado, con el pelo mojado y una toalla cubriendo únicamente sus partes más íntimas. Rebeca se lanzó y él no la rechazó. Ella nunca había disfrutado tanto del sexo, ni siquiera con Alfonso. Aquel niño tenía algo natural, que hacía que le temblasen las piernas, pero lamentablemente fue un polvo tonto y dudaba que volviese a repetirse.

Llegó a su casa aproximadamente a las siete de la tarde y se preparó para arreglarse. Se había comprado un vestido rojo oscuro, bastante ceñido y con una abertura hasta la cadera por ambos lados. Los tacones la convertían en una modelo y el maquillaje resaltaba sus pronunciados labios, los cuales mordía con frecuencia. Para la cena asistió a una peluquería para que le hiciesen un peinado elegante. Una coleta larga y alta se ceñía a su coronilla y se juntaba con su espalda descubierta. Terminó de preparar su bolso y salió pitando para el restaurante. Allí estaban todos vestidos de etiqueta, con sus trajes y esmóquines impecables, otras con vestidos largos, e incluso Merche, la secretaria de Alfonso se había maquillado un poco y se había metido en un mono de color azabache. Todos se sentaron, esperando a Raúl, que por primera vez en lo que llevaba trabajando en la cadena llegaba tarde. Pidieron unos entrantes para picar algo y al tiempo que los platos llegaban, Raúl aparecía haciendo una entrada triunfal en el restaurante. Entró con su americana beige, ciñendo completamente sus brazos atléticos, el primer botón de su camisa se había desabrochado con travesura para dejar aparecer un vello espeso sobre su pecho tostado. Unos pantalones azules marino que le llegaban a la altura del zapato quedaban totalmente apretados en su entrepierna, disimulados con la amplia hebilla cuadrada de su cinturón. Rebeca no podía dejar de mirarle el paquete, que a cada paso que daba se movía de un lado para otro. Un calor insoportable se colocó en su garganta y bajó por su esófago hasta la boca de su estómago, obligándola a beber agua de la copa que tenía delante. Tania se dio cuenta, y fingiendo que prefería sentarse en la silla de fuera para ir y salir al baño cuando se encontrase mal por sus problemas femeninos, le cambió el sitio a Raúl, colocándose este al lado de Rebeca. El contacto entre sus piernas al sentarse provocó en ambos un intenso suspiro que coloreo las mejillas de Raúl y un temblor en la mano derecha de Rebeca.

Durante la cena se trataron temas sobre la empresa, política, a qué lugar irían de vacaciones o sobre cuando la pobre Tania encontraría un marido decente. La comida estaba exquisita, y después de esta cena daba paso a ir al local que habían alquilado. Rebeca aprovechó que el pesado de su jefe no le daba conversación para ir al baño, al cual no había entrado durante toda la velada. Después de intentar acertar en el retrete sin tocarlo con las piernas, salió para lavarse las manos. Colocó jabón en ambas palmas y las enjabonó para después aclararlas con el chorro del grifo. Al tiempo que miraba al espejo sintió sobre su trasero el tacto de un duro objeto apretándose contra ella, seguidamente unas manos la rodearon por los hombros y vio a Raúl reflejado en el espejo.

—No sabes cómo me pones Rebeca, no puedo esperar más. Ya has visto, estoy al límite. Necesito que lo hagamos, pero no encuentro una manera bonita de decirlo —dijo Raúl jadeando al oído de Rebeca. El aire caliente de los labios de Raúl impactó contra los poros de Rebeca erizándosele la nuca—. Rebeca, te necesito en mi vida.

—Yo también lo deseo Raúl, pero... ¿cómo dejar plantados a todos en el cóctel? No sería ético —dijo mordiéndose el labio sin que el carmín escarlata de sus labios se corriese. Rebeca se había colocado una lencería casi transparente y tenía miedo de humedecerse lo suficiente como para caer en sus brazos. La boca se le había quedado seca y el mástil contraído de Raúl seguía encaramándose contra ella.

Rebeca lo tomó por los hombros dándose la vuelta y se apretó contra él provocando un suspiro en ambos. Las pupilas de Raúl estaban dilatadas y casi podía sentir como si ambos pudiesen verse el alma a través de sus ojos. Se estrecharon nuevamente y se separaron al oír la voz de Merche que los invitaba a salir del baño. Salieron del restaurante y caminaron hasta el coche de Rebeca, que lo invitaría a su casa. Llegaron veinte minutos después, ambos con una calentura insoportable y subieron los pisos entre abrazos y meteduras de mano. Rebeca se apresuró a abrir como pudo la puerta de su piso y la cerró de un portazo. En la misma entrada, ambos empezaron a quitarse la ropa, con una rapidez incontrolable. Los besos de deseo, húmedos y con el calor de sus lenguas juguetonas cada vez los hacían excitarse más. En seguida pasaron a la habitación de Rebeca, perfectamente ordenada. Había colocado sábanas nuevas para la ocasión, de un blanco inmaculado. Raúl empezó por desabrocharle la cremallera del vestido al mismo tiempo que con su otra mano se deslizaba hacia el jardín de Rebeca. El vestido de ella se deslizó por su cuerpo como una cascada desembocando en el suelo del apartamento, descubriendo unos voluminosos pechos que caían ligeramente por su peso. Rebeca mientras tanto desabrochó con fiereza los botones de la camisa de Raúl, rompiendo algunos de ellos para descubrir un torso curtido en gimnasio y con poco vello, solo a la altura del pecho. Al llegar al pantalón, comprobó que la cremallera de la bragueta estaba a punto de estallar, así que se apresuró en desabrochar el cinturón y bajar sus pantalones hasta sus tobillos. Raúl se descalzó y se despojó de los vaqueros pitillos que lo aprisionaban. Rebeca se lanzó a los labios de Raúl, juntando sus lenguas una vez más en un beso acalorado y mágico, donde el balanceo de las mismas se acompasaba con las caricias de Raúl en la espalda de ella. Raúl descalzó a Rebeca y la tumbó sobre la cama. Ella tenía las mejillas coloradas y su jadeo se hacía más que evidente mientras miraba directamente a los ojos verdosos de Raúl.

Él se acercó hasta ella colocándose encima a la altura de su cara, besándola una vez más mientras se llenaba las manos con sus pechos. A un ritmo lento fue bajando, relamiendo todo su cuerpo, sus pechos y su abdomen, al momento que se topaba con aquellas braguitas de encaje negras y transparentes. Con avidez las tomó por los extremos y las deslizo por las largas piernas de Rebeca hasta que se las quitó por completo. Descubrió en aquel momento un paraíso de placer, el cual comenzó a acariciar con dulzura mientras Rebeca suspiraba agarrándose a las sábanas. Raúl sonrió e introdujo con cuidado su dedo corazón y su dedo índice en la parte superior de la vulva húmeda de Rebeca, tomando contacto con su clítoris y provocando que ésta mordiese sus labios, en una forma por controlar su placer. Mantuvo un tiempo el movimiento en aquella zona, que cada vez se mojaba más por la gran excitación que Rebeca experimentaba. Raúl separó las piernas de su enamorada y se centró en acercar su barbilla contra ella. Con la lengua, daba ligeros toquecillos mientras con los dedos de su mano izquierda seguía acariciando la parte superior del monte de Venus. Siguió dando vueltas en círculos hasta que Rebeca estalló de placer en un orgasmo natural y embelesado. Volvió a acariciar sus pechos y fundió el final del preliminar con un beso ahogado. Era su turno. Rebeca se acercó hacia él, empujándolo cariñosamente para tumbarlo boca arriba. Con lentitud desprendió a Raúl de sus calzoncillos caros, revelándose así un miembro de magnitud considerable que al despojarlo de su escondite, se quedó ligeramente inclinado hacia la izquierda. Rebeca con tomó con su diestra, y magistralmente lo acarició despacio hasta que éste emprendió su camino hasta la cima. Retirándose el pelo hacia un lado y mirando a Raúl de forma erótico, introdujo en su boca la protuberancia poco menos de la mitad. Se quedó en esa posición unos minutos, salivando para humedecer la zona y que en el momento de la penetración fuese aún más placentero. Raúl suspiraba extasiado, contrayendo sus músculos y respirando con fuerza. Rebeca sabía cómo podía excitarlo de verdad, y no se cortaba en cuanto a seguir practicándole un buen oral. La piel del miembro de Raúl se deslizaba arriba y abajo acompasada con los labios de Rebeca, que se centraban en su parte superior, descubierta en ese mismo instante. Raúl giró a Rebeca con cuidado y juntó sus labios con los labios húmedos y palpitantes de ella colocándose en la posición conocida como sesenta y nueve. Dio ligeros toques con su lengua sobre la zona, y más tarde se cebó metiendo de lleno la cara en su vagina. Los movimientos cada vez eran más rápidos, y aquellos preliminares iban a superar los cuarenta minutos. Ambos estaban a punto de reflejar su éxtasis, pero era el momento de la penetración.

Raúl tomó un preservativo del bolsillo de su vaquero, lo sacó del envoltorio y se lo colocó en su miembro totalmente erecto. Lo ajustó un par de veces y volvió a la cama, donde Rebeca lo esperaba tumbada boca arriba, con las piernas separadas. Se colocó sobre ella despacio, besándola en los labios al mismo tiempo que introducía con cuidado su glande en la vagina de Rebeca. En aquel beso, notó el aliento ardiente de ella, y siguió arremetiendo toda la verga hasta el final de esta. Se quedó quieto unos instantes, para que el cuerpo de Rebeca asimilase la situación y después empezó a moverse dentro de ella. Los traqueteos eran suaves, y proporcionaban a ambos un placer inigualable. Sus órganos sexuales encajaban a la perfección, y permitían que el sexo fuese más placentero. Raúl se separaba de ella de vez en cuando, al tiempo que mordía sus pechos con ligero erotismo. Los pezones de Rebeca estaban erectos y chocaban con el abdomen de Raúl al mismo tiempo que aumentaba la velocidad de los movimientos. Sus cuerpos estaban mojados y calientes. Rebeca abrazó durante la penetración a Raúl, y arañó su espalda con deseo. Estaba a punto de correrse. Cambiaron de postura, esta vez Raúl estaba sentado en la cama y Rebeca sobre él era quien aplicaba el movimiento. Las subidas y bajadas eran la mar de excitantes, y las sábanas estaban completamente mojadas. Los gemidos de Rebeca podían escucharse cincuenta metros a la redonda, y el colchón vibraba con fuerza. Raúl jadeaba sobre su nuca y mordía besuqueaba su hombro de forma alocada. Rebeca percibía un arcoíris de placer cerrando los ojos e inclinado su mirada hacia el techo. Todo era perfecto. Estaba a punto de correrse, era un orgasmo. Raúl extrajo su miembro de la cavidad de Rebeca e introdujo tres de sus dedos en ella. Agitaba la mano con fuerza mientras Rebeca se agarraba a las sábanas, muerta de placer. Allí estaba, el orgasmo iba a llegar. De un momento a otro, el flujo espeso y transparente salió propulsado de la vagina de Rebeca, encharcando por completo la cama. Suspiró aliviada y se mantuvo unos segundos con la mirada perdida. Raúl volvió a introducir su verga dentro de Rebeca y la penetró con fuerza. La velocidad iba aumentando hasta que sintió como su vientre se encogía, llegaba el momento. Extrajo su miembro y lo despojó del preservativo. Con su mano derecha se masturbó hasta que se corrió sobre el abdomen de Rebeca. Siguió masturbándose segundos después y más tarde se tiró sobre la cama. Rebeca se acercó a sus labios y los besó con ternura. Había sido un polvo de campeonato. Se mantuvieron tumbados varios minutos, y más tarde se ducharon abrazados con agua templada. Raúl quitó las sábanas de la cama y Rebeca las cambió por unas limpias.

— ¿Te quedas a dormir? —dijo ella en modo sugerente.
—Si insistes... —contestó Raúl guiñándola un ojo.

Durmieron abrazados el uno al otro hasta las ocho de la mañana, cuando Raúl se despertó y se vistió con sigilo. Rebeca abrió los ojos, bostezando al tiempo que divisaba el rostro perfecto de Raúl delante del suyo. La besó con ternura y dijo que más tarde si quería, podían quedar para comer. Raúl se puso la americana y salió del piso, caminando hasta la parada de metro más cercana. Rebeca sonreía tumbada en su cama. ¿Se había enamorado perdidamente de Raúl?

A las once se levantó para prepararse el desayuno, unas tostadas con mermeladas de melocotón y un café cargado. Se sentía nueva, rejuvenecida y una sonrisa impecable no se desdibujaba en su rostro. Mientras se disponía a recoger el desayuno sonó su teléfono móvil. Era un mensaje de Raúl. Un emoticono con un guiño. Se quedó pensando como contestar. El timbre tintineaba desde la entrada. Rebeca tomó una bata corta de su habitación, se la echó por encima y se apresuró a abrir. Abrió la puerta y detrás de ella encontró a su vecino, el del tercero, únicamente cubierto por una toalla.


—Perdona, me han cortado el agua mientras me duchaba, ¿te importa que me termine de duchar aquí? —dijo él con una sonrisa en sus labios—. Por cierto, me encanta la manera en que gimes, no pude pegar ojo en toda la noche. ¿Crees que podríamos repetir lo del otro día?