domingo, 27 de noviembre de 2016

Encontrándose a sí misma (Relato único)

Aquel piso en realidad parecía una cuadra. Los vestidos, sujetadores y demás prendas femeninas se amontonaban en el sofá, al igual que las colillas que rebosaban en el cenicero de la mesita de café. Las persianas estaban bajadas la mayor parte del tiempo, y se podía suponer que allí no vivía nadie. Pero no era cierto. Aquel piso céntrico era habitado por una mujer de treinta y pocos años, cabello rojizo con alguna que otra cana en las raíces y de expresión amable y sencilla. Juliet Sparks vivía sola desde hacía al menos… cuatro años. Su última relación había sido un completo fracaso. A escasos meses de comprometerse, ella se cansó y decidió que cada uno siguiese su camino. Lo normal en aquellos casos era que a los pocos días, lo enamorados volviesen a estar juntos, pero aquello no ocurrió. Ella trabajaba como columnista en un periódico local, y dedicaba aquel espacio para liberar toda la tensión acumulada por sus prejuicios. Juliet no se consideraba una mujer fea, simplemente que tenía algunos “kilitos de más” para cómo debía ser una mujer moderna de la actualidad, tenía la nariz respingona y fumaba mucho. Fumaba, y bebía café. Por eso en el momento que entrabas al apartamento la concentración entre el humo del Camel y el contraste con el café colombiano que compraba expresamente del Lidl hacían que pensases que te encontrabas en el bar de abajo. Aparte de esos hábitos mejorables, llevaba bastante tiempo sin hacer deporte, más por pereza que por otra cosa. Por las noches solía echar una hojeada a sus fotos del instituto o la orla de cuando se graduó en la universidad. “Qué tiempos aquellos, en los que mi talla treinta y seis me quedaba divina”—se decía así misma entre suspiros.

Hacía más de diez años que se había licenciado en literaturas comparadas y periodismo, pero se tomó varios años sabáticos intentando escribir novelas románticas para publicarlas. Aquella época pasó, y no terminó ninguno. Los manuscritos cogían polvo en una caja de cartón con empapelado cutre y esperaban ser retomados algún día. Más tarde obtuvo su trabajo en el periódico, pues su madre, Mildred, tenía una prima que era reportera de televisión. Ella había empezado como columnista de ese periódico, y tuvo la caridad de solicitar un puesto para Juliet. Dentro de ese periódico nuestra protagonista conoció a un joven y prometedor contable, Adrián, que tenía más o menos su misma edad y unos músculos de gimnasio. Estuvieron saliendo alrededor de un año, pero de buenas a primeras Juliet “le dio la patada” y se refugió de nuevo en su trabajo. Era insoportable tener que verlo todos los días rondando por allí y coqueteando con las secretarias, pero al final de todo lo ascendieron y no lo volvió a ver.

Aquel día era veintitrés de diciembre y eso significaba que quedaba muy poco para Navidad. Ella había cogido las vacaciones una semana antes, y volvería a incorporarse a mediados de enero. Un momento, ¿veintitrés de diciembre? Qué raro que su madre todavía no la hubiese llamado para preguntarla que quería para la cena de ese año, y si llevaría a alguien. ¡Já! Ojalá pudiese decirle a su madre que tenía un hombre durmiendo en su cama y que muy pronto se comprometerían y le daría nietos, pero eso no era así. No habría ni boda ni niños.  Mildred se empeñaba en juntar a la familia todos los años para la cena de Navidad, y celebraban una fiesta a lo grande. Lo cierto es que la familia de Juliet era bastante adinerada y poseían un chalet con jardines muy grande, cerca de Brighton. ¿Qué manía era esa de invitar a todo el mundo? No solo tendría que soportar ver a sus otros cuatro hermanos, todos casados y con tres hijos cada uno, sino que también vendrían sus cuñadas, aquellas harpías sin escrúpulos que lo único que sabían decir era: “Ay, sí, pues mi Tyler ha dibujado esto en la escuela” “¿Cuándo te vas a casar, Juliet? “No te preocupes, ya te llegará tu momento, esperemos que no sea demasiado tarde” “Sí, muy pronto vamos a tener otro, será una niña, y estamos planteando en llamarla Angelina, como la actriz”. Malditas brujas de tacones de aguja y uñas con manicura francesa, no las tragaba. Con sus hermanos solo hablaba por teléfono, y en ocasiones puntuales, pues tampoco tenían mucho tiempo, ni siquiera para su familia. Dos de ellos trabajaban como empresarios, otro era investigador genético y el último se empleaba como profesor de autoescuela. Aunque al más pequeño (Jacob) se le había ofrecido la posibilidad de trabajar para uno de los empresarios, este había rechazado, pues casi siempre iba en otra onda. Juliet lo apreciaba muchísimo, mucho más que a los otros. La lástima es que Jacob no iría a la cena de Navidad, y por eso Juliet se aburriría de lo lindo.

Aquel veintitrés no hizo mucho, simplemente colocar y limpiar un poco la casa, por si a su madre o alguna de sus pocas amigas se le ocurría aparecer. Su mejor amiga de todas, había trabajado en el mismo periódico que ella como redactora. Se llamaba Charlotte, y era una joven peculiar. Juliet la solía llamar “Cherry”, pues era el apodo que le habían puesto desde niña, y aún se sentía a gusto con él. Cherry era una rubia de metro setenta, treinta años, busto bien formado y con largas piernas; en definitiva, lo contrario a Juliet. Cuando salían de fiesta, era normalmente la que solía ligar y Juliet se tenía que conformar con el amigo feo que traía el otro chico, pero por lo menos aún sabía que atraía a los hombres, bueno a ese tipo de hombres. Cherry ahora había conseguido curro como anunciante para una empresa de cosméticos, pero seguía quedando con Juliet para salir por ahí.

Las premisas de Juliet se cumplieron. Eran las ocho y media de la tarde cuando su teléfono empezó a sonar estridentemente mientas ella disfrutaba de una apacible ducha caliente. Por poco tropezó en los baldosines mientras corría con la espuma del champú cayéndole por la cara hasta la mesita del  teléfono. Lo descolgó y allí encontró su peor pesadilla. Todo empezó con un intercambio de “¿Hola, qué tal estás? Siguiendo con una ronda de “Hace mucho tiempo que no te veo, a ver si te pasas más por casa” y acabó con un “¿Te apetece marisco para cenar, o prefieres algo de pavo relleno?” “Voy a hacer jamón al horno, creo que a los invitados les gustará” “La cena empieza a las nueve y media, no llegues tarde. Si traes a alguien comunícamelo en seguida, y por cierto, no hace falta que traigas nada, pero si quieres puedes comprar algo de vino o de champán, sabes que a papá le gusta mucho. Adiós Juliet, te espero”. La conversación poco intervenida con Mildred duró al menos doce minutos, en la cual solo aparecieron algunos “Sí, mamá” “Estoy bien” por parte de Juliet. Pero no contenta con eso, su madre le dejó un mensaje en el contestador automático: “Ah, se me olvidaba. Ponte guapa, que van a venir los antiguos compañeros de papá con algunos socios de la empresa, lo mismo tienes suerte y encuentras a tu media naranja. Algo de tacón y bolsito a conjunto, ya sabes. ¡Besos!” Definitivamente aquella mujer se había vuelto insoportable. La última condición era ir bien vestida, como si se tratase de una top model. “Maldita sea” —pensó Juliet maldiciendo su suerte—. “Ahora tendré que ir de tiendas, porque no tengo nada que ponerme”. A las nueve y cuarto se presentó en el centro comercial, con la sorpresa de que todas las tiendas estaban cerradas. Maldijo de nuevo su suerte y pensó que podría comprarse el modelito horas antes de la cena.

Y como todo lo bueno se acaba pronto, allí llegó ya, en día de Navidad y con el atuendo sin comprar. Volvió de nuevo al centro comercial donde había estado y revisó más de quince tiendas distintas. Consiguió unos zapatos de tacón mediano, muy bonitos, todo hay que decirlo, y llegó incluso a encontrar un bolso a conjunto, aunque tuvo que pelearse con una mujer con pintas de travesti para obtenerlo. Ya solo faltaba el vestido. Se quedaba sin tiempo. Aún tenía que ducharse, peinarse, vestirse y conducir hasta la casa de sus padres, que no es que estuviese muy cerca. Sí, tendría que atravesar al menos treinta kilómetros de carretera para ir a la cena, a la cual no tenía ningunas ganas de asistir. Pero de repente ocurrió algo extraordinario, delante de un escaparate apareció el vestido ideal. Un vestido ajustado de palabra de honor con tonos dorados y azules que iba perfectamente con el bolso y los zapatos. Parecía que aquel día la suerte le sonreiría un poco a Juliet Sparks. Aunque el vestido se salía un poco de su presupuesto, estuvo dispuesta a darse el capricho solo por el hecho de que lo había encontrado. Lo compró y salió de la tienda más contenta que unas pascuas. Como aún le quedaban cuatro horas para la cena, decidió pasarse por la peluquería para que le diesen un retoque de tinte y peinado. Eso duró una hora, e iba justa de tiempo. Justo antes de salir del centro comercial, viendo que la suerte le había sonreído, dispuso comprar un boleto de lotería con el número “55113” por si todavía conservaba algo de fortuna. El premio era suculento, de al menos siete cifras. Salió del centro comercial y se dirigió hacia su casa. Allí se duchó relajadamente, se vistió y se maquilló. Ni ella misma se creía que tanta sensualidad pudiese encontrarse en su cuerpo. Sonriendo tomó la idea de mandarle un sms a Cherry para que corroborase que iba sexy, y así fue la respuesta. Tomó su abrigo y se montó en el coche dispuesta a llegar a tiempo a la cena de Navidad, por primera vez en más de seis años. Justo durante su trayecto había empezado a nevar y su coche no estaría preparado para atravesar caminos hasta la casa de campo de sus padres. Aparcó en una de las calles más cercanas que pudo encontrar y tomando un paraguas del maletero se puso en camino. Hacía un frío tremendo y entre la nieve y el aire, Juliet estaba congelada. Avanzó como pudo por los callejones hasta que de pronto pasó un coche. Ella pensó que quizás un taxista caritativo la recogería, pero en cambio se trataba de un loco alcoholizado que pasó derrapando al lado de la pobre Juliet y provocó que su vestido se empapase por completo con la nieve derretida que no acababa de cuajar por aquellas calles húmedas. “Maldita sea” —pensó Juliet tiritando de frío. Con el vestido chorreando y las esperanzas acabadas continuó el trayecto hasta dar con un pobre hombre que se acurrucaba en torno a unos cartones y unas mantas. Calentaba una lata de judías en un camping gas minúsculo y a la vez intentaba entrar en calor. El señor de párpados caídos miró a la desamparada Juliet y no tuvo más remedio que preguntarla.

— ¿Por qué una chica tan preciosa está sola en Navidad? ¿A dónde se dirige, señorita?

Pese a la desconfianza de Juliet por los desconocidos decidió responderle con amabilidad.

—Voy a casa de mis padres a una fiesta… aunque realmente preferiría haberme quedado en casa.

—Una fiesta eh… bueno querida no creo llegues muy lejos con ese vestido empapado. Si te apetece puedo compartir unas cuantas judías contigo.

—No se preocupe buen hombre, pero déjeme entregarle algo como muestra de mi agradecimiento, ni siquiera Mussolini debería estar solo en Navidad. Tenga —dijo sacando un billete de cincuenta libras de su bolso—. Para que pueda alojarse, o comprarse algo.

—Gracias jovencita, permíteme a mi darte mi chaqueta y que te sirva de resguardo, o no creo que llegues muy lejos con ese vestido tan corto. Estas niñas de hoy en día con sus trapitos cortos… —dijo el hombre entre algunas risas.

Y así tomando la chaqueta del mendigo generoso, Juliet se despidió de él y continuó con su camino, sin darse cuenta que al darle el dinero el boleto de la lotería se cayó al suelo ocultándose entre la nieve. Al no dar con ningún taxi y estar muy lejos de su coche, decidió realizar el camino a pie. Llegó por fin al chalet, aunque con algo de fiebre por el frío. Sería cosa de las diez y media.

—Pensábamos que ya no vendrías —dijo su madre mientras llevaba algunos aperitivos a la mesa—. Y olvidaste el vino, si es que no puedo encargarte nada, menos mal que compré algo de rosado. ¿Qué son esas pintas? Sube ahora mismo a cambiarte, seguramente tenga un vestido en el armario que te valga. Y baja en seguida, bastante ridículo hemos hecho ya…

Por si no fuera poco tras la regañina de su madre, la colocaron justo entre sus dos tíos, Alfred y Eileen, que actualmente se encontraban en periodo de divorcio y se pasaron la cena regañando por la custodia de su perro y la partición de bienes. Sus sobrinos se habían pasado la velada correteando, gritando y los más pequeños llorando. Obviamente tuvo que soportar los esperados comentarios de sus cuñadas, y algo inesperado, la presentación de su soltería a los socios de sus padres, que insistieron irónicamente en emparejarla con alguno de sus hijos. El vestido que Juliet había tomado de su madre era horroroso, y la zona del cuello la tenía irritada. Tras comerse y degustar algunos canapés se pasó la mayor parte del tiempo pegada a la copa de champán y cantando villancicos pasados de moda. Por último, el clímax de la cena llegó con un hombre de al menos treinta y ocho años con el que acabó enrollándose.

La cena acabó y pudo irse a dormir con una cogorza monumental. Al día siguiente todo le daba vueltas, y tuvo que usar el servicio un par de veces. Se duchó tranquilamente y bajó al saloncito, donde solo quedaba la familia y observaban la tele con atención.

—Ya era hora de que bajases a comer. Ten, te he preparado un poco de sopa —dijo Mildred sonriente.
Mientras comían, llegó el turno de las noticias, y en la televisión comenzó a hablarse del premio de lotería, que se había realizado esa misma mañana.
 La cara de Juliet cambió por completo a comprobar que el número premiado era su número, el “55113”, y que el ganador al cual estaban entrevistando era nada más y nada menos que el mendigo al que Juliet había ayudado la noche anterior. Éste daba las gracias a un ángel pelirrojo que había aparecido entre la nieve, y confirmaba que donaría la mitad del premio a asociaciones contra la mendicidad y la entrega de alimentos. Sin embargo Juliet no empezó a patalear, ni a lloriquear de rabia, se dedicó a sonreír y a pensar que aquel premio estaría mucho mejor en manos de las ONG, que en su bolsillo, pues ella seguramente lo habría gastado en tonterías. Aquel pensamiento no parecía real, pues la sociedad consumista te obligaba a que si tenías dinero debías gastarlo lo antes que pudieses.

—Una semana después—

Juliet continuó con su vida tras el fin de año. Salió de fiesta con Charlotte, la cual encontró a más de un hombre y decidió formalizar una relación seria. Juliet concluyó con dejar su trabajo por un tiempo, y se volcó de lleno para acabar sus novelas románticas, las cuales no tenían ningún final posible, hasta que, una tarde a principios de enero, una persona muy especial se presentaría en su puerta. Un hombre de barba recortada, altura considerable y de apariencia generalmente atractiva se erguía en la entrada de su piso. A ella por poco se le paró el corazón, al comprobar que se trataba del chico de la fiesta de navidad, con el que había tenido una noche que no había podido recordar. Él había conseguido la dirección gracias a Mildred, que se había mostrado muy satisfecha. Ella lo invitó a pasar y tomaron un café muy entretenido, del que saldría una sólida relación. Por fin, estaba lista para terminar su primer libro, al cual tituló “Encontrándose a sí misma”, con el que obtendría un gran reconocimiento. Y es que hay una frase que dice, “si ayudas a una persona, el buen karma te recompensará, sea un día cualquiera, o en la mágica Navidad”.